Mal dia para buscar

5 de octubre de 2017

El estómago y la razón.

Una de las tareas más difíciles de la madurez, si es que madurez no resulta ser exclusivamente el paso del tiempo, es aceptar y aceptarse. Diferenciar, al estilo transaccional, el adulto, el padre, el niño y lo que era el niño adaptado, que es un niño cabrón de toda la vida. El que llora para comer pero no tiene ninguna pena.

Si no queremos leer y somos de esos que necesitan que se lo expliquen con manzanas es sencillo: el estómago y la cabeza. 

El estómago, sobrevalorado por una escala de valores discutible, es el que te pide otra copa, la exaltación de la amistad, correr descalzo hasta su casa, quedarte en vela pasando las yemas de los dedos por las mesetas arqueadas de su cuerpo, gritar de esa forma en la que la garganta tiembla y saltar o dejarse llevar con los ojos casi cerrados con una canción o el petricor del otoño.

Y la cabeza, que es una cabrona fría y aguafiestas, valorando el motivo por el que nos llevamos y si, acaso, las consecuencias de dejarnos caer en pozos. Nos pregunta si ese es el pozo o si hay que irse a dormir para poder rendir mañana, si no habrá detrás de esa puerta un proceloso camino en el que terminemos donde ayer pero con cicatrices.

La equidistancia no, el entendimiento es el que se podría suponer un grado de madurez. Como un equipo deportivo uno defiende bien y otro es el que mete goles. No se puede ganar el campeonato del mundo sin saber a quien le corresponde actuar a cada momento. No se puede ser sólo estómago sin el organizador de juego que es la razón.

Pero resulta que la razón es definida un lastre para algunos casi como si viviéramos bajo la tiranía de los jugadores del equipo de fútbol en un instituto de adolescentes americanos en los que el goce, la cerveza, la turgencia y la fiesta del fin de semana o hacer un calvo desde el coche sean más importantes que un par de aburridas integrales eulerianas. Vivir en un anuncio, alargar la infancia hasta límites insospechados, es casi una religión. Y está bien, pero (y eso es lo que se olvida o se infravalora) respetando las horas de sueño.

En estos días inciertos, veloces como un Cadillac sin frenos, sólo veo estómagos vomitando. Hablan del sentir. "No pongas en duda jamás lo que yo siento"- me dijo al teléfono después de pedir perdón por enésima vez razonando ene veces todas y cada una de las ocasiones en las que me equivoqué. Pero su estómago, como una separación territorial que solamente nos hizo perder algo llamado futuro, lo rompió todo. Es una metáfora.

A veces hay que sentarse a pensar lo que dice el estómago, tamizarlo con la razón. No hacerle caso a ninguno de los dos pero sí a los dos. A veces el truco está en pensar diez segundos. A veces poner las reglas como quien tiene una palabra secreta que impida el daño. A veces, solamente a veces, pensé demasiado: para perderla. "A veces me pregunto, extrañada, el motivo por el que sigo esperando a que hagas algún movimiento" y cuando el estómago me lleva a la puerta del coche, me vuelvo a casa.

Será que no maduré. Pero esas noches me cuesta dormir intentando acallar las voces que salen del niño adaptado que vive en mi estomago. Definitivamente sólo me sé la teoría.

Claro que luego aparece Asier Etxeandia cantando a su padre la canción que él cantaba a su madre y el estómago me hace llorar. Mierda, yo no sé cantar. Sólo sé romperme.

30 de septiembre de 2017

Pequeña carta al catalanismo.

Pequeña carta de un euskaldun:
Una de las cosas que algunos vivimos en los años 80 fue la sinrazón de aquellos que, lo reconozco, pistola en mano se levantaban contra los coletazos de lo que fue un fascismo que señalaba a todo aquel que no pensaba como el movimiento.
Cuando mataron a Carrero Blanco se brindó en toda España pero cuando mataron a policías con hijos ya no se brindaba y cuando empezaron a matar a cualquiera nos echamos a la calle para decir, como cualquier persona cansada de ser "representada" por impresentables, que así no. Cuando nos poníamos detrás de una pancarta de Gesto por La Paz nos gritaban unos días unos llamándonos españoles y otro día otros llamándonos etarras. ¿Sabes? Algo hacíamos bien cuando, casualmente, nos gritaban todos.
Pero fuimos nosotros los que acabamos con ETA y fuimos nosotros los que conseguimos vivir en paz y en calma, que es como se alcanzan los avances y la verdad. Gritando no se oye más que lo que decimos sin dejar de entender a los demás. Hoy, en Euskadi, que no es ningún ejemplo pero sí un ejemplo, se habla en euskera y en castellano. Se acepta al que no piensa igual y tenemos, en la misma cuadrilla, a uno que opina una cosa y a otro que opina otra pero TODOS amamos la convivencia y los años de paz que nos ha dejado la certeza en que las personas podemos pensar diferente pero que no somos, ninguno, más que otros. 
Desde aquí Cataluña parece una caja de gritones irresponsables. No por ver clara la absurda sociedad feliz que algunos quieren vender o la presión de ser lo que no se quiere ser por parte de otros. Lo curioso es que parece que no se quiere oír a los demás. 
El gobierno catalán, enrocado en una deriva irracional en la que cree que estando solo y aislado se puede ser mejor que con los demás, culpables de que a los de Badalona les salgan granos, se orina en las opiniones del 52% de los propios catalanes. 
El gobierno español pone también los huevos encima de la mesa, es cierto, pero tampoco se iba a quedar quieto en un reto a muerte en las ramblas donde, parece, que sólo puede quedar uno y, ojo, ninguno es inmortal. La testosterona de esas dos partes resulta insoportable. Querer hablar en español, que yo sepa, no es un pecado y el fascismo, como definición, es imponer ideas por la fuerza, señalar a quien no opina igual y castigarle como un apestado o como un judío en la Alemania del 44. Cuando el catalanismo extremo señala a Evole, Serrat, Pla, Borrell... como fascistas y les hacen pintadas en sus casas o en sus memorias, parece que no se acuerda que si se habla catalán en la calle es por Serrat, que casi es fusilado por querer cantar en catalán en Eurovision y representando a España porque en España se habla catalán, y gallego, y bable y eso que hablan los de Murcia que no sé lo que es. 
Poca demostración de democracia es pedir una lista de quien no va a votar una gilipollez acordada o no como la independencia en un mundo global donde ser Euskaldun, Catalán o Español es una tontería ya que hace tiempo que las fronteras no son más que marcas difusas en el mapa. Tenemos nuestras culturas, ninguna mejor que otra, y nuestras identidades pero creer que se es mejor que el vecino es ser un autentico imbécil, un meapilas y un arrastrado. 
La independencia es, y esto es una idea personal, una involución en un mundo que se nos queda pequeño. Creer que los políticos catalanes no roban es ser muy corto de miras de la misma manera que creer que cualquier lugar donde alguien mande 30 años seguidos no esté podrido por definición. Que se lo digan al honorable o al PP, al Psoe o al Pnv. Creer que se va a ser más feliz con un muro delante de Aragón es ser muy tonto como creer que cerrar la frontera con Francia nos haría mejores. 
ES UN MUNDO MUCHO MAS GRANDE, MIS QUERIDOS INDEPENDENTISTAS. 
Es un mundo donde se habla chino e inglés, español y catalán, euskera y dialectos bálticos. Es un mundo donde ESTAMOS OBLIGADOS a ponernos de acuerdo con el otro, que no es el enemigo sino otro. Y si Puigdemont quiere cortar el pelo a Ana Gabriel con un cazo, que lo haga pero no con el dinero de las pensiones de un jubilado de la zona franca. 
Lo que no soy capaz de entender es que las calles no se llenen de personas de bien que digan que hasta aquí, que basta ya de tanta estupidez. Eso es lo que me decepciona de lo que veo en televisión. 
Estáis a punto de cometer una tontería histórica. 
Votar no es democracia de la misma manera que sexo no es amor. Y a veces es mucho mejor no acostarse con alguien que no te quiere. Vuestro gobierno, corazones, no os quiere porque os quiere llevar a la cama con mentiras y está deseando que alguno se pase de frenada contra una patrulla de la guardia civil y se líe la de Jesuscrist is God. Así habrá un martir y una excusa. 
Poneos de acuerdo.. os irá mucho mejor. No hay más remedio en el mundo moderno. Un mini pais solo puede crecer como paraiso y Andorra ya existe como paraíso fiscal, tiene el dinero que os robó vuestro president, que ese os robó más que España. 

Pd: Es sorprendente lo bien que se está cuando se está en calma. De eso algunos sabemos un poco.
Pd2: No estoy defendiendo la españolidad porque España no es el PP ni es Franco, es un pueblo excepcional, como todos los pueblos, llenos de gente de bien, de reguilar y de mal. Pero sí que cuando veo a Oriol contando mentiras tralará me pongo de muy mala hostia. Lo de Rufián, espantapájaros con forma de meme, ya ni te cuento.

El hombre oximorón.

"Hay una mujer muy poderosa dentro de ti"- me dijo la amiga de quien aún no sabia, con un grado de certeza que pudiera ser válido, si iba a dormir conmigo aquella noche. 

Esa frase, como un lastre identitario, me ha ido siguiendo desde entonces. Me sigue cuando hago varias cosas a la vez y cuando llega el anochecer y me siento solo, con ganas de tener deberes antes de llegar a casa en forma de trabajos para el equipo que todavía no he formado y que algunos se empeñan en repetirme que jamás formaré, como una tara o una imposibilidad. Como no poder volar por muchas alas de papel que ponga en mis escápulas.

"Hay una mujer dentro de mi" porque me quedo como un niño acurrucado encima de un vientre caliente y porque coso mis tapices para taparme por las noches cuando al salir salvado del torreón, tengamos que dormir en medio del bosque. Soy un tipo práctico con miedo a no ser suficiente.

Soy un valiente acobardado porque recuerdo mucho más las batallas que perdí que las que pude ganar.

Un caballero que se queda mirando cómo sus formas rellenan la cama en diagonal, cómo hay dos agarraderas disfrazadas de cadera. Un tipo que sabe que Alicia dice que te quiere cuando ya te ha abandonado. Un oligofrénico encantador.
Una dama que gusta de ser acariciada, buscada, deseada. Una dama que se rebela contra la discriminación, contra las modas a que se niega imponerse porque no es un arquetipo. Una dama ansiando ser salvada. Una dama poderosa.

Un ser humano temeroso y con cicatrices que duelen por las mañanas.

Un hombre, valiente y cobarde, con una mujer poderosa dentro de él.
Una persona con forma de oximorón. Soy yo y lo contrario.

Perdón por ser así.

Curiosamente me vuelvo loco cada vez que descubro una mujer enérgica mirándome.

28 de septiembre de 2017

El coleccionista

Dicen por ahí que hablas mal de nosotros. Ten la amabilidad de convertirte en humo. Y trata de conseguir un billete a Marte porque te voy a atrapar, no importa tu escondite. Así que entiéndelo bien, no importa donde vayas (3).
Todo comenzó, da igual,  en cualquier parte. Muchos quedaron atrás. Nadie sabe sus nombres. Así que vuela, vuela y di adiós en cualquier otra parte porque te voy a atrapar, no importa tu escondite. Así que entiéndelo bien: no importa donde vayas. Será una huida sin fin. Ahí va la cuenta atrás. Cuando te vuelva a ver diré a todos que yo te dejé marchar por la puerta de atrás aunque lo cierto es que ya es que nadie espera que vuelvas. Nadie salió nunca por la puerta de atrás.
Cuando te vuelva a ver diré a todos que yo te dejé marchar por la puerta de atrás aunque lo cierto es que nadie salió nunca por la puerta de atrás.

26 de septiembre de 2017

Valores por defecto

Richard Pryor, en la horrible Superman3 (1983), decide quedarse los céntimos de todos los cheques de la empresa para hacerse rico porque era absurdo no redondear las cifras, porque nadie iba a echar de menos una minucia aunque muchas minucias a él le hicieran rico. No es nada que no hagan desde tiempo inmemorial todos y cada uno de los bancos. Sin embargo en la vida real Superman no viene a equilibrar la justicia de nuestros céntimos porque no nos damos cuenta. Ya no se agacha nadie por las monedas de cobre. Ni los cleptocuprómanos.

Ya no nos leemos los mensajes y aceptamos como buenos muchos de los valores por defecto.

Valor por defecto es poner ese canal cuando enciendes la televisión. Valor por defecto es creer al entrenador de fútbol de tu equipo, criticar al que no dice lo que quieres oír. Valor por defecto, amor, es pensar en ti cada día que me siento solo o cuando tengo algo emocionante que contar.

En realidad son nuestros valores por defecto, casi como la configuración de las actualizaciones o la letra Times New Roman, los que terminan poblando nuestras vidas. Se quedan clavados como las rutinas que no se sabe cómo llegaron pero que dejan una sensación extraña cuando, acostumbrado a tomar un café con galletas, ese día aparece un zumo detox junto al amanecer. Con el tiempo se convierten en taras, en ronquidos, en no poder ducharse tranquilo si alguien inoportuna en el baño.

Son irracionales pero están ahí, marcando la deriva de las horas.

Valores por defecto son no cerrar la puerta del baño o poner el pestillo viviendo solo, dormir en diagonal en la cama, saber que la botella de agua está en la mesilla de la izquierda, leer los periódicos de atrás hacia delante, no coger nunca llamadas con el número oculto o sentarse en ese lugar del sofá que se queda más gastado que los demás.

Ser consciente de ello ayuda casi tanto como la maravillosa capacidad de aceptar que hay otras millones de soluciones válidas. No sé si nos hace mejores cambiarlo o aspirar a que, en alguna mañana de futuro incierto, cambien las condiciones de uso y los valores por defecto sean otros.

Los míos o los tuyos. Haciéndonos ricos con los céntimos de nuestros cheques sin hablar de dinero. Desafortunadamente o por suerte todo esto no es más que literatura.

Por eso es una invención basada en hechos puntos de partida reales. Nuestros valores defecto. Soñar en ser el valor por defecto para alguien. "Aceptar y continuar" pone en alguna instalación.





Son los míos, pero puedo tener otros.

18 de septiembre de 2017

Pasarse de frenada.

Conozco a un tipo vago. Lo es. De esos que si se toman tres copas por la noche y se levantan con resaca llaman al trabajo diciendo que están enfermos. De esos que viven las obligaciones laborales como una imposición del sistema que le debería de proporcionar gratuitamente y sólo por ser persona todo lo que se le antoje: casa, comida, sexo satisfactorio y wifi. El caso es que, como resulta lógico, le suelen despedir pronto. Entonces asegura que es porque él es gay y aquello demuestra que vivimos en una sociedad que no ha superado las discriminaciones en términos de identidad sexual.

También conozco a una mujer exponencialmente inteligente y capaz en su trabajo que podría liderar sin problemas la multinacional en la que hace sus funciones pero suele decir que tomó una serie de decisiones en su vida que la alejaron de aquel camino, sin más. Probablemente hay un punto en el que visualizar a una mujer en vez de un hombre aún se ve como algo que a algunos, no a mi, chirría, pero no lo ve así sino como un resultado de sus elecciones personales.

Yo conseguí, en cierta ocasión, que me quitaran una multa porque alegué que me habían parado en carretera por llevar un coche matrícula de Bilbao allá por 1992. Mi coche llevaba esa matrícula, si, pero a 184 km/h. Y me quitaron la multa en algo que hoy en día reconozco que fue una miseria por mi parte.

Existen una serie de datos argumentales que si bien parten de datos ciertos se tienden a utilizar y hacer generalizaciones: algunos políticos roban, las mujeres han sido menospreciadas en la historia, unas razas han pisoteado el crecimiento de otras, no se han aceptado las diferencias entre iguales o, yo que sé, los zurdos fueron quemados en las hogueras.

Pero resulta que, como si fuera un efecto rebote pasado de frenada, algunos se consideran en su derecho de robar, discriminar, pisotear, desobedecer o despreciar porque sus antepasados lo fueron. Eso, como una oposición a lo que se llama, prosaicamente, discriminación positiva, siempre me ha parecido un despropósito porque se hace de forma consciente y esa consciencia es la que incrementa el desarreglo.

Por supuesto que todo parte de la idea, quizá equivocada, en la que a mi personalmente me trae al pairo la raza, género, número de dedos en las manos o religión que practique cada uno siempre y cuando no afecte a la labor que han de realizar. A mi, que quizá no sea lo habitual porque el señor ese que vive en un tercer piso de Cuenca quizá no actúe como yo, que tampoco soy un guía de la verdad. Me explico: si tengo que elegir a alguien para correr una carrera no elegiré a un cojo pero eso no lo veo como discriminatorio hacia los cojos desde la conspiración mundial de las personas con dos pies para subyugar a los que no son como ellos sino como sentido común. Y, por supuesto, decidir que a los demás nos corten un pie para ser todos iguales me parece una manera de definir el fascismo si es que es la imposición de unas ideas por la fuerza.

Partiendo de esa definición tan fascista es un dictador ultraderechista que fusila a sus opositores como alguien que cree que hay que matar a los hombres para liberar a las mujeres. O un vegano que grita, mientras quiere matar carniceros del mercado, que los carnívoros son satán y los toreros merecedores de la horca. Hitler y Stalin eran de derecha e izquierda y, mira tú, mataban más o menos lo mismo.

No es lícito pasarse de frenada porque se genera el mismo desequilibrio por el otro lado pero cuando lo comento me ponen, de forma automática, una etiqueta retrógrada y salvaje que se supone me inhabilita de tener ningún punto de razón. A veces me dicen que me baso en excepciones porque la verdad está, casualmente, en el lado contrario. En otro bando. Y eso de establecer bandos es en si mismo un planteamiento inicial equivocado. Simplista pero equivocado. Cómodo pero equivocado. Políticamente correcto pero equivocado.

Seguro que el equivocado soy yo pero nadie destroza mis argumentos con lógica y sin insultarme. Nadie me ha demostrado que pasarse de frenada no sea, en realidad, darse una buena hostia contra el muro de la convivencia entre personas.

Personas, sin adjetivos. Que montan en el ascensor 

15 de septiembre de 2017

Pequeña gran revolución


Hay revoluciones que se desean y otras que suceden. En eso podemos estar de acuerdo.

Pero una revolución no tiene por qué ser una ruptura dramática con la vida anterior, como si nada valiese. Una revolución no tiene que tener esos miles de componentes cinematográficos con los que nos gusta edulcorar el futuro que, después, no es.

Los pesimistas existenciales sabemos que visualizar lo negativo, según dicen algunos gurús, ayuda a gestionar las herramientas para superarlo cuando llega. Y muchas veces llega aunque vivimos en una sociedad a la que nadie enseña a gestionar la frustración. No existe, ni siquiera como opción, que los pilotos en sus xwing no entren en el corazón de la estrella de la muerte para salvaguardar el futuro del universo, incluso en alguna galaxia muy muy lejana. Con tres soles pero rojos.

Conozco a quien se deja llevar como un adolescente en grupo y sin criterio, como un contrabandista de consignas que se mueve al aire de la ultima moda: que fue yonki, vegano, de apple, de android, coach y aprendió a bailar salsa pero se fue a un concierto de trash metal. Tengo un amigo que dice que cuando estás solo es cuando te pasan cosas. No estoy de acuerdo con ellos. Creo que cuando has tirado la toalla pero todavía está en el ring, goteando del sudor de la pelea casi perdida, es cuando aparece algo que te vuelve a poner en pie.

La vida tiene espirales muy curiosas y un día, creyendo que todo está perdido, se termina con una sonrisa tonta y feliz al salir de un portal casi de madrugada (nota de género: aqui la versión en femenino). No quiere decir que haya que agotar los cartuchos de la escopeta de cañones recortados para que aparezca el próximo venado. No quiere decir que haya que poner el dedo gordo del pie, en una escena grisácea y lúgubre sobre el gatillo, mientras el final del rifle entra en nuestra bocaza. Solamente es que cuando el ansia nos posee los resultados suelen ser inciertos, cuando hay que hacer una revolución porque sí y como sea no tiene pinta de salir bien. Hay canciones que se buscan y otras que llegan sin avisarlas. Las canciones que llegan son las importantes, las que terminan llenándolo todo, como fotografiar una espalda nada más despertarse por la mañana sin saber el motivo que nos llevó a hacerlo.

Vivimos, insatisfechos con cada frase y cada paso que no es el definitivo, buscando la nueva revolución y las pequeñas grandes revoluciones llegan sin avisar.

A veces desaparecen, de la misma y efímera forma que hacen las personas en nuestras vidas.
Pero a veces se quedan.
Como las canciones.

Y huelen a casa.

10 de septiembre de 2017

Un mundo estúpido (amago de prólogo)

¿Cuál es el video más visto del mundo?. Ese, el de Internet. ¿Qué es? Una auténtica basura. ¿Por qué?. Porque la naturaleza humana es así y al final, en la intimidad de nuestras casas, hacemos mareas de acciones que más tarde se convierten en tsunamis ridículos.

El problema es que las olas, cuando son muy altas, arrasan con todo.

Una de las principales características de las sociedades modernas es la falta de responsabilidad del individuo. Los gobiernos, las reglas del mercado o las grandes multinacionales están ahí para hacer con nuestra vida lo que les venga en gana y como son ellos quienes tienen que hacer lo que tengan que hacer nosotros nos sentamos en el bar y nos quejamos dando miles de soluciones pero después nos vamos a la cama con miedo a no romper los engranajes de los mecanismos de sistemas que juramos que no inventamos nosotros.

Así que pensamos que ver ese video o que dejar de comprar en esa tienda de barrio no nos hace responsables del empobrecimiento de la cultura o de la muerte comercial de nuestra calle. La culpa es de los demás, siempre de los demás. Debería de estar alguien ahí, velando por la verdad, por la igualdad y por la justicia. Debería. Y sin embargo no nos damos cuenta que la democracia, como el resultado de la decisión de la mayoría, no solamente reside en unas elecciones que se hacen de vez en cuando.

La democracia está en nuestro consumo. En nuestro consumo de cultura, en nuestro consumo televisivo, en nuestro ir y venir por Internet o por las calles cuando vamos a casa. Todos esos datos se recopilan y se amontonan. Unas estadísticas, un día, publican que esa calle es la más transitada, ese programa el más visto o aquel video “el mejor”.

Es esa asociación entre “lo más” y “lo mejor” lo que va convirtiendo nuestra sociedad en un gran chiste. Tenemos la televisión que vemos, no la que nos ponen. Que la televisión sea una basura es exclusivamente culpa nuestra. Que para descubrir música de verdad haya que sumergirse en las profundidades se debe a la capa de polución de quien, como un cuervo, sigue los brillos en vez de las joyas.
Porque elegimos sin culpa y sin criterio, sin razonar, sin pensar, sin analizar el daño que nos hace o el que hacemos. Actuamos creyendo que no hacemos mal, que no tiene ninguna importancia, que por una vez no pasa nada, que ya vendrá alguien a arreglarlo, que no es nuestro problema o que simplemente somos más listos que los demás en una sociedad que queremos igualitaria pero en la que nos encanta sentirnos un poco más igual y por arriba que los vecinos.

Porque follar más no es ser más guapo. Porque comprar más barato no es comprar mejor. Porque ganar más no es ser mejor profesional. Porque gritar más fuerte no es tener razón. Porque lo que juramos defender hoy, en una vida efímera, no hemos pensado en lo que supone mañana.

Porque los seres humanos nos movemos por unos resortes que hemos dejado de controlar.
Porque actuamos como estúpidos.

Y por eso, por un porcentaje creciente de estupideces supuestamente exentas de culpa, la mayoría, desafortunadamente, no tiene pinta de acertar nunca. Quizá la democracia como algo igualitario carece de sentido en la actualidad porque parte de la responsabilidad del individuo y hemos dejado de ser responsables.


Ahí es donde estamos ahora. Esa es nuestra sociedad actual. Es una obviedad kilométrica. Tenemos la tecnología más avanzada de la historia y la usamos para ver videos de gatos. Tras una Apocalipsis encontrarán nuestros servidores de Internet y dentro de ellos sólo habrá basura que habrá sepultado a nuestra sociedad como si fuera la Atlántida. El 90% de la información que circula por los cables de comunicación subterráneos entre continentes es mierda. 

El punto de partida es hoy. Quizá mañana. Pero mañana será peor porque va a llover.
Si tenemos un mundo estúpido la culpa será es solamente nuestra.

En un futuro,quizá, sólo hay estupidez.

3 de septiembre de 2017

El efecto inverso de los titulares dramáticos.

"Es un atentado contra los derechos fundamentales de la libertad del individuo"- grita un adolescente y, en realidad, lo que sucede es que tiene 13 años y lle han castigado por llegar a casa borracho a las tres. Pero claro, si se oye desde fuera parece que le han encerrado en un arcón seis meses metiendo un tranchete por la rendija los días impares.

Nos encanta ser dramáticos.

Y  probablemente no es un tema de ser dramáticos por un ansia de titular o porque creamos que hay una apocalipsis detrás de lo escandalosamente excepcional que nos ha sucedido sino porque es una manera de llamar la atención como el niño que llora desconsolado cuando, en verdad, lo que quiere es una mierda de helado.

Pero, joder, decir que "la inhumana explotación laboral de un sistema capitalista" es mucho más escandaloso que reconocer que tu jefe te dice que en tu turno no lo dejes vacío para irte a mear porque estás en el control de pasaportes de un aeropuerto y los aviones no van a salir dependiendo de los caprichos de tu vejiga. Decir "el gobierno financia las armas con los que los terroristas nos matan" resulta curioso si trabajas para una empresa armamentística con sede en Cataluña que es, detrás de Euskadi, el principal fabricante de armas español. Hablar del "secuestro institucional por parte de los mecanismos gubernamentales" es una broma cuando lo que pasa es que tú lo harías de otra forma, secuestrando a tu manera. Una vez, a altas horas de la mañana, la chica que estaba conmigo recibió un par de mensajes. Le dije, con un poco de humor y curiosidad, que si era un mensaje de un hombre era mas que probable que estuviera interesado en sus turgentes pechos. "No es importante"- respondió dejando el teléfono a un lado. Volvió a sonar. "Es un tipo"- dije. "Si quieres vemos la carpeta de "sent" del whatsapp y te digo lo que es"- continué sabiendo que ahí hay una copia de lo enviado. "Fue sólo una vez"- dijo. Y yo opté, cornudo y apaleado, por marchar. Ella se puso entre la puerta y yo. Me quería ir del lupanar en el que se había convertido aquel lugar para mi cerebro. No me dejaba queriéndome dar explicaciones que, en ese momento, no tenía ninguna gana de oír. "Ahora resulta que no me puedo ir después de que te hayas estado comiendo una polla como una campeona. Anda, cabrona, déjame salir"- dije retirándola sin ninguna furia. Salí de allí y me mandó un mensaje, antes de llegar al coche, diciéndome que "te voy a denunciar por maltrato y amenazas" cuando, joder, el cornudo era yo. Afortunadamente, por lo irracional, no pasó pero no pude salir de mi asombro porque "maltrato" es una palabra que debería estar prohibido usar sin permiso y castigado si se usa sin rigor.

Si nos fijamos en la prensa todo son récords. "El más grande incendio", "El jugador que más veces ha sido convocado representado a equipos diferentes", "la inundación más dramática", "el año más caluroso (si contamos los días impares)", "el accidente más grave", "el mayor desastre". Además casi siempre son cosas malas. Desastres, guerras, dramas. "El fenómeno de despoblación más grave".  Ya no va a gritar,. el pastor, que viene el lobo sino que "la industria de la carne, sin sentimientos ni solidaridad, arrasa con los flujos de alimento humano sustentadores de las economías rurales del país". ¿Qué se consigue con tan exageración?. Que los récords de verdad, que los problemas ciertos , que los verdaderos damnificados por las injusticias no sean valorados. Cada mujer que utiliza las leyes que defienden a las mujeres maltratadas para acelerar su divorcio, cada inmigrante que habla de persecución política para acelerar su integración, cada trabajador que habla de condiciones infrahumanas para que le pasen de pagar 3000 a 4000 hace mucho daño a los niños esclavos que cosen por un euro para las empresas textiles, a los inmigrantes perseguidos, a las mujeres maltratadas. La mayoría de las exageraciones dramáticas que oímos cada día esconden un punto de egoísmo infame que, cuando se simplifica el mensaje, deja en evidencia al emisor. Pero como no nos gusta ver más allá del titular, queda poso.

Y luego llega una mujer, con cicatrices, a una comisaria llorando y diciendo que su marido no la quiere. Y resulta que no la tienen en cuenta porque usa la palabra amor y no agresión, porque no dice la palabra mágica del maltrato aunque sea obvio que lo es. Aunque le apalee a un hombre de 50 kg su mujer de 100kg que reparte hostias como panes ya no es impactante. Es una pena que, después de todo, tanto titular dramático falso lo que hace es tapar los dramas de verdad, que los hay y muchos. Puede que las injusticias ciertas no se proclamen como los penaltis no pitados del equipo contrario, "la mano negra en el fútbol" se oye más que la mano negra de nuestra conciencia.

Es un efecto inverso bastante perverso.

Pero es.

Y yo desconfío de los que viven la vida en un charco de dramas que cuando se escarba un poco, no lo son.
Son estúpidos peligrosos. Quizá deberían saber lo que es, en verdad, aquello que gritan que les pasa. Una buena colección de hostias a quien se invente las agresiones, hacer autónomo a algún funcionario que habla de discriminación, que le den mierda para comer al que diga que la comida es una mierda.

Una vez oí a una chica decir que era una vergüenza que su primer coche fuera un golf de segunda mano, que era un ejemplo del resquebrajamiento del estado del bienestar. Y se quedó tan ancha.

28 de agosto de 2017

War on drugs- Pain

Go to bed now I can tell Pain is on the way out now Look away and domino falls away I know it's hard looking in Knowing that tomorrow you'll be back again Pin your head and let me in I'm waiting So long I was staring into the light When I saw you in the distance, I knew that you'd be mine Am I moving back in time Just standing still I met a man with a broken back He had a fear in his eyes that I could understand I can even shake the hand When I break it in I've been pulling on a wire, but it just won't break I've been turning up the dial, but I hear no sound I resist what I cannot change But I wanna find what can't be found I'm aware you're tired and lost Like a demon in the doorway, waiting to be born But I'm here all alone, just begging Pull me close and let me hold you in Give me the deeper understanding of who I am Yeah, I'm moving back again I'm waiting here I'm just pulling on a wire, but it just won't break I've been turning up the dial, but I hear no sound I resist what I cannot change, own it in your own way Yeah, I wanna find what can't be found

26 de agosto de 2017

Happy birthday to me (46)



Este año he aprendido una cosa muy tonta que es a la vez muy sencilla y difícil de llevar a cabo. He aprendido a sentarme, cada vez que un rayo me recorre el cuerpo, para diferenciar la realidad de lo que me dicen los sentimientos, los que antes me arrastraban y ahora tiran de mi como cuerdas tensas llevando al lado oscuro o a la estrella de la muerte de sus recovecos o de los retorcidos laberintos de los fantasmas que se disfrazan de mis miedos, que los tengo todos.

Así que me quedo quieto haciendo dos columnas, de pros y contras, para intentar sacar un resultado frío y global. Considero que el ser humano es egoísta pero no está cargado de mala intención. Considero que alguien puede ser un ladrón porque en realidad es un pobre hombre, como cuando un gilipollas adelanta por la derecha: antes le cerraba el paso y ahora sólo deseo que se reviente contra la trasera de un camión que vaya por el carril lento, partiéndose una pierna pero sin daños que perduren en el tiempo salvo una cicatriz fea. Considero que podríamos ser invencibles pero si sucede que nunca nos vamos a mover quiero no martirizarme con la ausencia, el vacío y el vacío de la sensación de casa. Al menos, y lo digo con una sonrisa cómplice, no tendré que oir folclore africano. Considero que el zumo de naranja natural está mas rico pero soy vago en el periodo que va desde despertar hasta que mis ojos, ancianos, son capaces de enfocar con los mensajes perdidos del móvil. Cada vez me gusta más que me locuten frases mundanas al oído pero que debajo de ellas haya un enorme yacimiento de cariño. Valoro que estoy lleno de imperfecciones, al menos 46, pero he aprendido a vivir con ellas. En realidad y a día de hoy creo que son las únicas que han decidido quedarse. Esas y un dolor continuo de lanzar el frisbee muy lejos para alguien de mi edad.

Sigo haciendo tonterías. Muchas. Pero creo que me doy cuenta.

Pd-1:45
Pd0: 43
Pd1: 42
Pd2: 41
Pd3: 40
Pd4: 39

19 de agosto de 2017

Aste Nagusia 2017 (19-27 Agosto)

No me gustan las norias.

Estás solo, en un cajón, alejándote del mundo. Y las personas se van haciendo pequeñas, como hormigas. Las ves casi perdidas por los caminos que hay entre las barracas cargando sus tesoros, sus peluches, sus comidas grasientas de forma cíclica y ceremonial. Las ves de lejos y viene esa sensación lenta y extraña en la que el estómago sube un poco y se sostiene en el mismo instante en el que se toca el punto alto del círculo de metal que es la atracción. Justo ahí existe un segundo de soledad absoluta, de falta de otros delante o detrás. Es un punto en el que la respiración se contiene y justo después todo crece sin control. Mucho más rápido de lo que se fue. Crecen las personas,  las hormigas son manadas de bisontes y luego vuelven a ser personas. Entonces busco a alguien que mire la noria y fijo sus ojos para que me vea pasar, para que me encuentre y tengamos un recorrido como el que se tiene cuando sale el tren pero yo, en realidad, no voy a ningún sitio. Vuelvo a subir. Todo se repite. A la tercera vuelta deja de ser emocionante pero sigo sin hablar porque debería de estar como un niño y estoy sintiéndome una cámara que graba un documental sobre el comportamiento humano aunque no soy más que un humano más. Creo que soy pequeño cuando estoy arriba. Creo que soy vulgar cuando estoy abajo. No estoy cómodo en ningún sitio. No. Definitivamente no me gustan las norias.
  
En fin, llego sin rumbo por el ayuntamiento. Los amigos hemos quedado como si fuera un ceremonial. Todo es un tumulto ordenado y multicolor. Una especie de exaltación de la libertad donde cada uno comprende el lugar hasta el que llega. Groucho, como siempre, me saluda al llegar. Más adelante las decoraciones me hablan de las críticas o de la libertad sexual aunque siempre no es no, y a mí me han dicho que no muchas veces. Alguna me dijeron que sí. Alguna vez me encontraron bailando, como si no fuera yo mismo, Sin Cuartel y con un mojito en la mano. A veces me agarraron delante de una verbena. Al llegar una actuación parece que rodea a mis amigos. Nos vemos y hay metros pero se recorren en días hasta llegar a ese grupo. Caminando hay encuentros con la historia de cada uno, como si estuviera en medio de la marabunta de la vida. Me la encontré, también encontré a mi compañero de pupitre y a tres turistas andaluzas que se perdieron visitando el cantábrico. Me preguntaron a donde ir y ya estaban en medio de todo con sus pequeños pantalones y unas sonrisas que no se pueden quitar de la cara, de esas caras que lo miran todo para no olvidarlo. De esas miradas que se quedan clavadas a cámara lenta como un anuncio de telefonía que vende felicidad y modernidad a partes iguales junto con decisión y autoridad, con poderosa y suave fortaleza, como una espalda limpia con leche de almendras.

Nos encontramos, los amigos, en círculo como un rondo de fútbol. Con un balón con forma de kalimotxo que nos vamos pasando con mayores y menores florituras. Hablamos de a dónde vamos, de qué conciertos hay. El ceremonial de la planificación está en el programa festivo de la misma forma que volveremos a los mismos lugares. Subiremos a Algara para oir la música desde el puente del Arenal, con la ría a nuestra izquierda. Si nos perdemos quedaremos en La Granja aunque el bar ya no exista, aunque delante vaya a poner una bandera la modernidad mal entendida en forma de comercio lejano y barato, de esos que usan a niños para vender las bragas a un euro. Tampoco importa mientras se pasea dialécticamente por encima de lo que se hizo ayer y lo que se va a hacer mañana. Uno dice que ligó pero es mentira. Otro le recuerda que la película Pagafantas se grabó en los mismísimos Jardines de Albia, que es donde hay que pasar a comer un pintxo moruno, con “tx” porque es Aste Nagusia y para eso somos de Bilbao. Se baja a Gogorregi para la emocionante perversión de la euskaldunización del día, para que suene Extremoduro y SutaGar uno detrás de otro o para que, de una modernidad extraña, aparezca Asier Bilbao vestido de ikurriña contando cómo se cuelga de las perchas como tirolíneas hasta llegar al mismísimo teatro Arriaga para ponerse tierno con un chulazo que podría estar cortando troncos en Amoroto. No deja de ser gracioso y no deja de ser algo nuestro. Hemos pasado del jazz al turismo y del turismo a rock, del rock a la modernidad y de la modernidad al transformismo. Todo en el mismo lugar y todo juntos. Uno dice que cree que ha vuelto a ligar.

En realidad no ha pasado nada. No ha sucedido nada. No somos más sabios ni hemos arreglado los problemas del mundo. El Athletic sigue en primera siendo de los primeros pero no el primero y, normalmente, tampoco el segundo. Creemos que tienen que suceder cosas para sentirnos plenos y, sin embargo, la mayor parte del tiempo en la vida no sucede nada menos importante que estar vivos, que estar juntos y que encontrar un lugar donde poder ser nosotros. Dime que no es maravilloso haber encontrado un refugio. Ese sitio donde todo vale y todo se respeta pero todos nos respetamos. Ese oasis caliente, como agosto, que nos reconforta sin darnos cuenta que va pasando el tiempo. Ese oasis con MariJaia como palmeras indicando la ubicación. Ese sitio donde aún es más importante estar que twittearlo, mirar al de enfrente que mirar el móvil. Cuando se mira una pantalla se pierde una actuación o una ronda de cervezas.

-Dejemos los móviles
-¿Y volver a 1987?
-Algo así, pero con menos hombreras.
-Es para estar localizado.
-No seas hipócrita. ¿Cuántas llamadas has hecho en los últimos diez días?

Nos fuimos a Abando. Junto a las vías del tren, como si fuéramos unos espías de la segunda guerra mundial, alquilamos una consigna con el número 26 en la llave. Yo la llevé encima tras un amañado sorteo. Salimos, cómo no, frente a La Granja. Recorrimos Ledesma mirando a quienes están con sus mensajes y sus selfies como si fueran fumadores el mismo día que se deja de fumar, que siempre es mal día. Hicimos un ceremonial de vinos, un brindis en el que nos encontramos una y otra vez. Quisimos arreglar un poco el mundo pero al final jugamos a poner voces en el grupo de chicas que nos miraban de lejos. No nos acercamos, la verdad, quizá por miedo a que nos quisieran mandar un whatsapp. Tampoco pasa nada. Somos de Bilbao. No ligamos, realmente, más que un par de veces en la vida.

¿Cuándo nos fijamos por última vez en los balcones que hay cerca de los juzgados?. ¿Sabías que el edificio de la plaza Venezuela tiene forma de barco desde el aire porque es hasta donde llegaban los navíos que venían con sus cargas a Bilbao y se llevaban el hierro a la Gran Bretaña?. La campa de los ingleses se llama así porque en esas explanadas donde ahora está la torre, al lado del museo, jugaban al fútbol los marineros en sus días muertos. Me gustan las luces reflejando en la ría mientras cruzo el puente de Zubizuri. Es soprendente lo que se ve cuando no hay una vibración llamando al narcisismo a todas horas. Hasta los bocadillos de jamón huelen mejor en la calle Ascao, detrás de la iglesia de San Nicolás, que es un lugar en el que quedé la primera de las dos veces que liga un bilbaíno como yo. En Unamuno nos sentamos en las escaleras que suben a las campas de Mallona, prolegómeno del parque Etxebarria, para ver llegar a la gente del metro y cómo algunos esperan a que una mesa se quede vacía para comer unos champiñones grasientos sobre pan, como un delicatesen autóctono.

-Me fumaba un cigarro- dice al acabar el bocadillo
-Y yo hacía alguna foto y mandaba unos mensajes- digo yo.

Así que nos quedamos como se tienen que quedar los amigos: empate y geolocalizados porque están el uno al lado del otro y los dos al lado de los demás. La mejor ubicación es la que puedes alcanzar con la mano.

En ese instante nos damos cuenta que ese, el que siempre dice que liga, está hablando con unas chicas. Va a ser verdad que tiene un don pero más que un don parece que es un guardia urbano. Hace muchos gestos señalándonos y mirando al cielo después. Marca con el dedo. Hace el gesto de andar con el índice y el medio. Se toca los bolsillos como si le faltara algo y pone cara de mimo abandonado. Hace el signo universal de stop y vuelve al grupo.

-No me jodas, tío. Alguno tiene que tener un móvil.
-No. No tenemos. Es el día sin móvil
-Es que son extranjeras y no sé como explicarlas
-¿El qué?
-Que hay fuegos artificiales y se sube por aquí.
-Eso es fácil: fireworks.
-Sí. A eso llego. No me jodas.
-¿Para qué quieres el móvil?
-Para el traductor
-¿Tú te crees que tu padre y tu madre usaron traductor?. Anda –dice levantando la mano- ve y arréglatelas.

Se va a las chicas y sonríe. Las acerca. Dos austriacas y una alemana delgada que juraría que es de la Alemania del este. Blanca y pelirroja. El alemán es un idioma que, cuando no lo entiendes, crees que están hablando mal de ti. Luego dicen del Euskera. Subimos las escaleras y vamos dejando atrás el casco viejo que, si lo ves con cariño, tiene forma de corazón con la aorta saliendo de la catedral de Santiago. Palpitando en fiestas. Nos vamos parando para explicar, con gestos y sin apoyo tecnológico, nuestra ciudad desde el aire que dan las laderas del botxo. Al final del camino, como una llegada sorpresa, nos esperan las atracciones. Nos esperan los autos de choque y la carpa donde siempre huele a txistorra pero es chorizo, donde se come pollo asado y los camareros van con sus camisas blancas y sus pantalones negros. Se ve el circo, que suele ser mundial. Alguna montaña rusa y, mierda, la noria enorme. Reconozco que es menos amenazadora cuando se está con los amigos, unos vinos y un grupo de alemanas. Tengo que admitir que, iluminada, es casi una visión más allá del cielo que nos rodea, del refugio que nos compone. Allí van, fruto de la cortesía mal entendida del latin lover vasco, para comprar boletos. Allí vamos porque no se puede ser parte de un grupo sin hacer lo que hace el grupo y esperamos a que vaya parando, a que vayan subiendo las familias que están delante nuestro, a que se pongan en sus huecos parejas recién encontradas o encontradas hace tiempo.

Montamos en nuestros balancines. Dejamos que dejen de bambolearse tras subir por turnos. Reimos contenidos por la sensación de riesgo mínimo pero riesgo al fin y al cabo. Se mueve. Cojo aire por un momento y el ruido se detiene o no: suena a engranajes. Sube. Veo las personas como manadas de bisontes y luego espero que se vuelvan hormigas pero me despista una risa, una risa en alemán pero una risa al fin y al cabo, que es un idioma universal. Detrás de esa risa aparece Bilbao y la ría. Y las torres.  Las luces. Creo que soy un privilegiado y no se mueve mi estómago ni me siento lejos o cerca del mundo. Estoy con mis amigos y estoy en mi ciudad. Estoy sin interrupciones, que es como se debe de estar, ni de mi cabeza atontada ni de un mundo que cree que la verdad está detrás de una pantalla cuando, joder, es tan grande y tan pequeño todo desde aquí. Es grande porque lo tiene todo. Es pequeño porque puedo ver las calles por las que jugué, las calles por las que me perdí, las esquinas y los portales donde, antes del cambio climático, me resguardaba de la lluvia que nunca cesaba. Bilbao será el mediterráneo climático para nuestros nietos. Alguno, quien sabe, con apellidos germánicos. Creo que mi amigo sí que liga alguna vez. No me cambio por él. Hemos subido y hemos bajado. Volvemos a dar otra vuelta y estoy esperando a volver a llegar arriba pero no para mirar abajo sino para memorizar la inmensidad de una ciudad en fiestas. Frenamos.

Nos quedamos en lo alto.

Las luces se apagan y todo se frena, con una leve brisa de agosto y algo que llevo a recordar de las emociones que se sienten cuando, siendo más pequeño, algo iba a suceder pero no sabías por donde. La ciudad se frena también. Un ruido a nuestro lado. Ensordecedor. El primero de los tres petardos que empiezan los fuegos, esos que tenemos todos los días porque somos así de grandes, como un perro de doce metros. Y veo salir las carcasas desde abajo. Explotan a mi altura, iluminándolo todo. Veo las palmeras deshaciéndose entre mis ojos y mis pies. Sonrío con cada petardo y busco cada combinación de colores. Van pasando una tras otra las tracas y el ruido, las luces y los relámpagos. En cada una veo a la ciudad y a los amigos, veo la hospitalidad y la realidad. Veo la sensación recorriéndome y ninguno, en medio de ese espectáculo de luz y de imágenes, en ese instante irrepetible y casual que sucede nueve días todos los años, añora su teléfono ni nada más que estar ahí, como si hubiera una alineación de planetas. Como si Aste Nagusia fuera el eclipse necesario para coger aire o hacer el redoble final que tiene el verano, como si fuera la terapia de choque contra las fobias.

Como si fuera una forma de adorar las norias.

A uno de mis amigos le gustan las alemanas. Otro dejó de fumar. No pasó nada y pasó todo. Lo tenemos todo. En eso consiste esa semana de nueve días.


Ahora sí, me gustan las norias.

(Bienvenidos a las Fiestas de Bilbao 2017)

18 de agosto de 2017

Una historia o algo así.

Una puta historia de amor.


Recogerla como un pasajero cerca de la estación de autobús que está a un lado de la del tren y besarla en el portal mientras le digo que está suave. Escaparnos por la noche convirtiendo una en nuestra canción por la autopista.

Que aparezca borracha en casa como la canción de Cleopatra, sin sus fantasmas y ninguna zanahoria.

Despertar en medio de su sonrisa en el lado contrario de la mesilla que siempre será un sinónimo de pasión.

Decir: "¿qué tal haces el café? después de un concierto. Y hacer yo el café mañana.

Recogerla del tren.

Tomar un café de tres días. Aprender la sensación de casa.

Secuestrarla del cuello con un beso en una travesura camino del garaje.

Salvarla de una inundación en el galeón que es mi cama.


Algo así. Cualquier principio que nos haga invencibles.