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2 de diciembre de 2016

La verdad y la teoría triangular del amor.

El psicólogo Robert Sternberg definió, una vez, el amor como una relación entre tres parámetros principales: intimidad, pasión y compromiso. Los puso en una pirámide y empezó a describir las diferentes combinaciones que le aparecían (amor fatuo, sociable, romántico, vacío, cariño, encaprichamiento...). Lo llamó, casi como un título de película de esas dramáticas que dan después de comer, La Teoría Triangular del Amor.

¡Qué fácil!, ¡Que obvio!, ¡Qué sencillo!

Entregarse, comprometerse y apasionarse. Casi como si fuera una máxima y aplicable a todas las relaciones. En realidad no hay grandes diferencias entre lo amistoso y lo sentimental, si es que obviamos la pasión entendida como un pasillo que se queda antes de llegar a alguna habitación. Tampoco hay grandes diferencias en todo aquello que implica a humanos porque, en el fondo, nuestra vida se compone de relaciones humanas. Nos relacionamos con los amigos, las parejas y los clientes. Nos relacionamos con la familia y con quien nos mira en bicicleta. Nos apasionamos en esas conversaciones que surgen en la tercera copa o incluso cuando debemos o nos deben dinero o favores. La pasión sorprende en lugares insospechados pero es mucho más interesante si aparece en espaldas suaves acompañadas de aquella mirada que se entorna y se estremece con unos ojos que observan de soslayo.

Pero hay algo que se nos olvida casi siempre. Nosotros. Se nos olvida el motivo por el que actuamos y que va mucho más allá de lo que decimos o de lo que somos capaces de describir con palabras. Tenemos un duende dentro que nos sodomiza y nos sabotea. Hay veces que, como los niños que se dan cabezazos contra la pared porque no les dan los dulces, necesitamos vivir en algunas telenovelas, escondernos dentro de mil y un dramas, ir a los lados del triángulo para no quedarnos nunca en el centro.

-En un tornado no hay aire en el centro- me dijeron una vez como si fuera una enseñanza -pero en el momento en que se sale de ese centro, el aire huracanado arrastra- y aquí hay que hacer un gesto en espiral con la mano- Lo difícil es mantenerse en el punto de equilibro de fuerzas.

El ser humano es curioso y cobarde, es un perro al que alguna vez han querido pero que también recuerda lo que le dolieron los palos cuando se acercó, moviendo el rabo, a por lo que parecía un hueso. Entonces se pone digno y desea, como todos, sentirse importante, querido y que apuesten por él. Al final siempre es un pequeño pulso y en los pulsos, como en las peleas, quedan dolores en todas partes. Hay lesiones musculares que no se llegan a recuperar nunca y hay veces que nos descubrimos caminando con miedo porque una vez nos hicimos daño.

Entonces, aunque todos somos teóricos infalibles, se nos olvida la verdad. Se nos olvidan todas las memorias, todos los miedos, toda la culpa donada y acumulada. Se nos olvida la memoria de los músculos. Se aparta a un lado, pero sigue ahí, la caja que contiene los sinsabores y las idealizaciones de las experiencias pasadas. Se espera, porque si algo hemos aprendido es la dignidad propia, que vengan a rescatarnos, que sea el rescate a una hora que nos venga bien, en un caballo adecuado y la persona indicada. A ser posible que no pregunte mucho y si acaso descubre alguna de nuestras debilidades, que no haga sangre con ellas. Hay quien tiene miedo a rescatar y quien tiene pavor a ser rescatado. A partir de una edad todos somos princesas en nuestros torreones. Creemos enamorarnos, fingimos intimidad, follamos como leones y hacemos las confesiones justas pero nunca concedemos todo a la vez porque eso es como jugar enseñando las cartas y alguien nos convenció que de esa manera lo único posible es perder por mucho que la teoría diga lo contrario.

Estar caminando por los extremos del triángulo resulta hasta sencillo y en cada vértice hay una extraña añoranza de los otros dos. Es culpa tuya, es culpa mía, es responsabilidad del pasado y del miedo a un futuro con un clima demasiado frío. Nos fuimos a rescatar a la vez y cuando tú estabas en mi torreón yo estaba en el tuyo, con un caballo cojo y una lanza oxidada. Es un triangulo escaleno o isósceles pero nunca equilátero. -¿Por qué estamos haciendo esto?- , -¿Qué?, -Hablar- Es el diálogo más rudo sobre la necesidad de amor y la imposibilidad de lograrlo como quisimos descubrirlo. Que sea verdad y no haya una sensación de conformismo ni un silencio incómodo o heridas mal cicatrizadas. Que no nos aterre ver que puede ser, que puede cambiarnos por dentro, que nos encontremos junto a la parada de autobús y seis horas después haya una luz que ilumine desde los vértices.Y deslumbra como la sensación de calma al ver la espalda con la luz que entra por los agujeros de la persiana.

"Pídeme" es una forma egoísta pero lícita de solicitar valor. Esperar esa palabra y no oírla. Quizá no decirla.  Después del silencio triangular lo que queda es un esguince muscular con forma de desAmparo.

El monstruo nunca duerme


Tu pelo ardiendo, vi tu pelo ardiendo y, entre el humo, una ciudad. "Este es mi sitio". "Tú debes recorrerte el mundo entero". Si me hago daño, te voy a hacer daño, siempre hay una excusa y ahí está. No hay culpables, pero una voz me dice: "No has cambiado". Cada vez que veo que no estás, las sirenas, los demonios y el ruido del mar no me dejan dormir en paz, no me dejan. Tu voz en llamas, oí tu voz en llamas, y entre el fuego hablabas de viajar en avioneta, piloto yo y vomitas tú el cielo. Tu pelo ardiendo, vi tu pelo ardiendo y, entre el humo, una ciudad. Los edificios empiezan a sentir el mismo miedo. Cada vez que veo que no estás las sirenas, los demonios y el ruido del mar no me dejan dormir en paz, no me deja el viento que ahora grita lo que no quiero escuchar, agujas en los ojos eres tú en el vendaval, tiritan las ventanas recordando nuestro plan. El monstruo nunca duerme y nunca consigue olvidar y si algo he aprendido lo tendré que practicar. Saldré vivo de esto aunque no quiera hacerlo más ... (Nunca había llegado a sus entrañas, yo nunca, nunca, yo no... ). Dicen que el monstruo nunca...








Daimón
Término griego (que no se suele traducir) con el que los griegos se referían al destino individual de cada cual; el término tenía connotaciones religiosas, y se consideraba que el destino de cada cual era algo divino o asignado por los dioses.  En ese contexto era, con frecuencia, personificado, de forma similar a lo que otras culturas percibieron como ángeles o demonios.

Platón, sin embargo, en el mito de Er, de la República, presenta a cada cual como responsable de su destino, de su daimón, al haberlo elegido el alma de cada cual antes de su siguiente reencarnación. En el Sócrates platónico el daimón se presenta con frecuencia como una voz interior a la que escucha y obedece..

16 de noviembre de 2016

Like a friend

En 1998 se publicó una de mis canciones favoritas. Y se repite (aunque sea la versión brit de un pagafantas y le hicieran una película (Grandes Esperanzas)).


14 de noviembre de 2016

Dar la cara es la mejor manera que te la partan.

Hay estrategias que siempre funcionan, consejos que nunca fallan. Uno es: "dar la cara es la mejor manera para que te la partan".

Pensemos en una compañía aérea. Un tipo, en un despacho, valora la manera más eficiente de ahorrar queroseno y de reducir los costes en cada aeropuerto con el resultado de dejar en tierra, poseídos por los retrasos a miles de pasajeros. Él está en su casa comiendo nachos y una buena chica, con su contrato precario, es insultada por barbudos indies que hablan de la confabulación de las grandes empresas contra su libertad a volar dignamente.  Detrás del mostrador a quien le parten la cara es a quien la da porque a alguien hay que partírsela.

Pensemos en Facebook, que ha matado por error a varios miles de usuarios. No se deja de usar la plataforma sino que se le da publicidad y se va a la tienda de informática del barrio, que es donde realmente te solucionan los problemas, a gritar que ese ordenador está defectuoso porque no sale en pantalla lo que está deseando el usuario (es un caso real). En ese momento intentan partirme la cara y por mucho que pongo cara de circunstancia y soporto las impotencias del cliente hay una parte de mi que considera que estoy soportando algo más de lo que no merezco.

Pensemos en los mecánicos de Volkswagen cuando alguien les pide explicaciones por el cambio climático o en un vendedor de Samsung después que un tambor de lavadora salga disparado como una peonza en medio de la cocina asesinando al perro. Como el responsable real no quiere dar la cara habrá que partírsela a otro, al que esté. "De quien te vengabas cuando estabas a mi lado"- dice una canción pop. "Donde van los mensajes que no mandas"- dice otra descarnada canción de fin de ciclo.

Una actitud bastante común en medio de una ruptura, en ese punto en el que no hay energía para poner las cosas en su sitio casi como si la entropía se hubiera disparado, es dejar de responder. "Voy a echarte de menos"- y no obtener respuesta. Llamar y oir cómo suena y suena pero nadie responde. He estado en los dos lados, lo reconozco, pero también he estado en el tercer lugar, en el que recibe las hostias por la mierda que ha esparcido otro. También, dada mi edad y mi absoluta tendencia a interesarme por mujeres que estén tan taradas como yo, he tenido que lidiar con la cicatrización de las heridas que no hice y muchas veces me han buscado porque soy, precisamente, el compañero perfecto para ahondar en una pena que viene de atrás. Hay personas que te eligen porque te pareces tanto al anterior que es seguro que vas a cometer el mismo error. Claro que eso es otra historia en el comportamiento humano tendente a la autodestrucción o poseído por la aquitifobia.

Lo curioso y lo único que intento decir con todos estos ejemplos es que no somos capaces de gestionar nuestras frustraciones y que nos importa bastante poco contra qué o contra quien mientras sea violento, mientras sea un agujero por el que sacar nuestra frustración. Da igual quemar un banco público porque ha perdido nuestro equipo, gritar a la chica del mostrador, insultar al informático, al mecánico o culparme de tus heridas de antaño. El único patrón que se repite es que le parten la cara a quien está. No he visto nunca al dueño de Zara gestionando una reclamación y he visto, sin embargo, mil clientes enfadados volviendo a comprar donde les hicieron daño, algunas personas volviendo al lugar donde juraron que jamás iban a volver. Es un patrón de comportamiento humano que tiene que ver con el trabajo y las excusas, la verdad, aceptar que lo bueno nunca es tan bueno como habíamos soñado y que aunque queramos ser el centro del mundo el truco está en hacer un diagrama de Venn. Hay aviones que no vuelan porque queremos volar por dos euros de forma transoceánica y hay parejas que no vuelan porque los dos quieren ser alas y ninguno fuselaje.

Y, mientras, el teléfono deja los mensajes de amor verdadero abajo en el tiempo, en la bodega de carga del avión.

13 de noviembre de 2016

Los diferentes sexos

(Del libro a medio escribir. Es un capítulo en el que intento describir que aunque siempre es sexo no siempre es lo mismo ni significa las mismas cosas. Mis personajes no son santos. La selección musical ha sido ardua)

OPCION 1:
(Antecedentes: Roberto y Maria viven en esa excusa de ser amantes cuando en realidad son amigos y se necesitan, pero no son capaces de admitirlo)

Más adelante Roberto y María se encuentran porque encontrarse también puede ser romper alguna de esas barreras que se originan en el sofá y que se caen cuando se van deslizando por él hasta caer de costado encima del otro. Se encuentran poco a poco, casi como si fuera un desliz, como si fuera la búsqueda de la manta en medio de un sueño o un movimiento reflejo y reconfortante parecido al olor de la casa donde vive la familia. Existe un lugar entre el vicio buscado y el calor necesario donde se esconden las cartas que más de uno se guarda en la cama como si fuera un reducto en el que la piel aún esconde secretos. Más de uno, desnudo, se esconde más que vestido. Más de uno, aturdido por el ceremonial, es torpe con los cubiertos. Ellos no. Se recorren conociendo las cavidades y los montes imperfectos. Se reconocen con los ritmos de la respiración y se ayudan con la fuerza de las piernas para hacer de una misma sombra las dos formas y adivinar, casi sin verlo, que María agarra la sábana con la mano izquierda apoyada con el codo derecho. Roberto sabe que a ella le gusta que la mano la sujete por debajo y vaya ascendiendo despacio para parar los dedos en círculos mientras se arrodilla ante su cuerpo tumbado y arqueado para verla temblar, callada, como una presa amordazada con síndrome de Estocolmo. Y, después, tumbarse a su lado, coger aire, sentirse en casa y no admitirlo.


OPCION 2:
(Antecedentes: Juan y Silvia: "Quizá se rindieron o quizá se encontraron. En realidad aquello surgió en el mismo instante en el que la toalla estaba tirada en el rincón del ring sobre el que se desangran los que van perdiendo a los puntos. Da lo mismo quien invitó a quien o si acabaron en la cama la primera o la cuarta noche, que es el filo en el que un posible amante se convierte en amigo") 

Juan se mete en la cama y enciende la televisión donde busca algo que haga ruido pero que no moleste y Silvia, como en un pequeño ritual, deja en la esquina inferior de su lado de la cama un pantaloncito a cuadros con elástico y una cuerda rosa para atarla a la cintura. A su lado una camiseta de esas a las que se les tiene cariño por su historia, antigüedad o forma. Se va desnudando con un ojo en la televisión y otro en Juan, por si la mira y ella puede hacerse la pudorosa entre el chándal de estar en casa y el pijama de dormir, entre quitarse los pantalones para dejar claro que lleva uno de esos tangas que son un triángulo con una tira que desaparece, entre sonreír mientras da esos dos saltitos con los que el pijama va a su lugar y entre tocarse, como poniendo en su sitio, los pechos en el espacio de tiempo que hay desde el sujetador a la camiseta, que es la versión sofisticada y excitante de la poco glamurosa forma de tocarse los huevos en los hombres para dejarlo todo en su lugar. Ella se mete en la cama y como buena mujer se acerca con una sonrisa y toca con los pies a traición. En una queja contenida él la mira sin moverse por el frío y ella le acaricia el pecho y se va acomodando entre el hueco del hombro y el cuello. Cierra un poco los ojos. Baja un poco la mano. Él pasa el brazo por detrás de ella y pueden notar la respiración en la cara. Hay una melodía de respiraciones cómplices que conocen y la velocidad arrítmica de las huellas dactilares. Es en el momento del primer misil, de la primera punta del dedo sobre el pérfido lugar que hay desde el ombligo hasta la base del pene, cuando recoge el brazo que tenía sobre ella para ponerla encima y agarrarla con ambos brazos y, una vez equilibrada, buscar debajo de su camiseta y subir las piernas para rozarla o levantarla. Besarla y besarle. Seguir como un sonido que va a subir, como una sinfonía antes del golpe de miedo en una película. Esperar a que no pueda más y se mueva atrás para quitarse la camiseta, que estire los dedos sobre el pecho de él. Que vaya bajando o subiendo para que desaparezca el pantalón. Mirarla desde abajo o mirarla abajo. Mirarle desde arriba, abriendo con dos dedos la visión de la lengua. Volver a montar, con el tiento que da el principio y llegar al momento en que todo resbale. Echarse a un lado y las sábanas abajo. Poner la boca en redondo y abrir las piernas pidiendo un poco más, con las corvas de las rodillas apoyadas en sus codos. Mirar a los ojos y encontrar sus ritmos, los conocidos y los repetidos. Subir. Agitarse. Empujar con las piernas como una señal para perder el control y esperar a que se liberen para agarrarse de esa forma en la que los tobillos cierran el candado del sexo. Y explotar con él dentro, con ella ardiendo. Y quedarse un momento en un abrazo y oyendo su pecho encontrando la palpitación correcta.

OPCION 3:
(Antecedentes: Andrés es un buen tipo solitario)

Andrés deja a un lado los papeles (...) Sin embargo, entre ese momento de apagar la luz del despacho que queda en su casa en la habitación que debía ser de los niños y el camino hacia la cama hay un silencio poderoso que huele a fracaso o a perdición. A un nuevo camino sin salida de esos a los que se llega sin poder adivinar el momento en el que se tomó la decisión equivocada. En determinados momentos un apartamento en silencio es casi la prueba de una derrota. La libertad era la capacidad de poder hacer lo que quisiera pero, sin embargo, eso lo dicen los que están poseídos por las obligaciones. Comprar yogurt, tener siempre embutido en la nevera. Aquella mujer siempre tenía embutido y a él siempre se le olvida comprarlo. Mientras se tumba entre las sábanas recuerda la mesilla en la que ella dejaba los libros amontonados y la sorpresa de encontrar su cuerpo al darse la vuelta, al despertar por la mañana y cómo, cuando vivieron una primera noche, ella se deslizó y le miró como un pecado al que aferrarse. Es capaz de visualizar aquel cuerpo de costado reflejado en un espejo y la bata entreabierta por la mañana para volver a la cama. En momentos como el de hoy se quedaría abrazado, meditando entre las ondulaciones que hacen los músculos del cuello y pasando la mano entre sus formas para certificar que, suceda lo que suceda después, en ese momento se es más fuerte. En ese momento en el que las manos de ella le recorren y le encuentran. Con esa mirada que ponía cuando la desnudez se despojaba de las mantas y con esa húmeda sensación de tenerla consigo. Aquella noche, justo antes de dormir, Andrés se masturba como un adolescente cerrando los ojos para no olvidar los caminos perdidos.


OPCION 4:
(Antecedentes: Jorge es un buen tipo con poder y Patricia una manipuladora)
  
-¿Sabes lo que espero yo?- pregunta Patricia entre una voz con tono a travesura.
-¿Qué?- responde Jorge con una pregunta mientras se despista apagando la luz del baño y acercándose a la cama.
-Que me folles- responde mientras levanta las sábanas y deja a la luz una lencería digna de película pornográfica, con los pezones respirando entre las líneas de cuero de un sujetador sin pudores, un pequeñísimo tanga con remaches y un liguero que destaca cuando las piernas las deja encima de la cama- como si fueras mi rey y yo una súbdita, una cortesana caliente dispuesta a todo por los favores de su magnánimo señor. En ese momento le sujeta y le tumba. Le agarra con las piernas, una a cada lado, y le guía las manos desde que empiezan las costillas hasta las axilas. De ahí hasta los corazones. Apretando y bajando para pasar por los remaches. Entonces le estira los brazos y se apoya llega con una mano para sujetar las dos muñecas mientras que con la que tiene libre le libera de pudor y aprovecha la excitación para cabalgarle. Primero despacio y más tarde, lazando el cuerpo atrás con liberación de manos, soltar el pelo y agitarse como una amazona o una fan que ha entrado al camerino del bajista estrella de su grupo favorito. Y grita, y se retuerce. Deja que Jorge la mire esperando que no lo olvide y dando, casi descaradamente, ese carácter de proposición imposible que tienen las grabaciones amateur de las películas pornográficas que se consiguen gratis en internet. Es un maquillaje que cambia porque cambian los polvos.

12 de noviembre de 2016

So long, Marianne.

"Bueno, Marianne, ha llegado el momento en el que somos tan viejos y nuestros cuerpos se están desmoronando, que creo que te seguiré muy pronto.
Estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, podrás alcanzar la mía. Sabes que siempre te he querido por tu belleza y por tu sabiduría, pero ahora solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Mi amor infinito, nos vemos al final del camino."

A veces algunas canciones son mucho más grandes cuando se sabe su historia. En 1958 Leonard conoció a Marianne y aquel romance duró tres años pero sin embargo, al oirle cantar así, la quiso siempre porque hay personas que aunque pasen, no estén o nos inventemos sucedáneos. Ella murió en julio y él la cantaba así.

Por cosas así era es tan grande.

11 de noviembre de 2016

Los Mamuts y los tramposos.

(Extraído del libro que no consigo acabar de escribir nunca)

Samuel Hahnemann fue el pionero de la homeopatía. Básicamente estableció una pseudociencia que se basa en usar pequeñas cantidades de las substancias que generan la enfermedad que se quiere tratar diluidas en agua y aunque, a base de diluir y diluir, en el componente final ya no queda resto del principio activo se apela a una especie de “efecto memoria” en el agua que lo convierten en sanador. Los resultados científicos se dividen en dos: los que se han demostrado que no funcionan y los que no se sabe si pueden funcionar. Hay una única verdad: mientras se juega con ello la naturaleza se dedica a hacer su trabajo y es por eso que algunas  personas se curan y, por extraña coincidencia, homeópatas que se hacen ricos. Aunque también existen algunos que apelan al poder de la mente y la energía, de la potencia descomunal de la fortaleza del ímpetu y la fe.

Existen personas que necesitan creer porque hace falta algún tipo de motivo por el que despertarse por la mañana y la ciencia, en general, es demasiado fría. Es más emocionante el deporte, los parques de atracciones, las rifas y la homeopatía. Probablemente porque la posibilidad de éxito es menor y quizá por ello un resultado positivo parece más gratificante que la seguridad de saberse ganador. El riesgo, por definición, es lo que alimenta la satisfacción posterior.

Dicen que hay una media de siete parejas antes de llegar a la definitiva. Unos lo logran a la primera, otros se rinden en la cuarta y algunos llegan a la duodécima. Hay una seguridad casi absoluta de que esa persona en la que te fijaste al entrar por la puerta del bar no sea ninguna de ellas, pero si lo es, si acaso sucede o si se da la alineación de planetas adecuada para que se inicie una conversación, sea una gran conversación y además sea de esas conversaciones que no entran en círculos y no se acaban nunca, entonces el orgasmo no es una cuestión, como se supone, física, sino el sentimiento desbordante de que se ha cruzado una meta arriesgada e imposible.

No es lo mismo sin riesgo y quizá por eso el ser humano es permeable a determinadas acciones que estadísticamente le pueden llevar a perder. El amor, la competición y encomendarse sin red a los designios de un Dios, un jefe, un padre o un gobernante son ejemplos de ello.

Desde ahí. Desde ese punto de partida y quizá incluso en una caverna aparecieron los tramposos. Eran los que decían que habían matado al Mamut cuando, en realidad, habían estado escondidos mientras los otros, con pequeños pedazos de madera con piedras de sílex en los extremos, perseguían y morían junto al animal fruto de la lucha desigual. No era la misma satisfacción de ser verdaderamente un héroe pero sí la satisfacción del reconocimiento. Eso también engancha y sobre todo, como una adicción enfermiza, la satisfacción de ser más listo que el guerrero por conseguir lo mismo sin traer heridas de muerte.

Más adelante aparecieron los estafadores profesionales, inventores de argucias y de halagos para fomentar la idea de la oportunidad, la oferta, el momento en el que ser más listo que los demás sin percatarse que se era, precisamente en ese instante, estafado por avaricia. Unos se llamaron abogados, otros banqueros. Algunos prometieron la vida eterna con elixires y siempre, a lo largo de la historia, tuvieron víctimas a los que llamaron clientes y a los que convencían de poder volver a la cueva sin un rasguño y con un enorme colmillo de marfil.

 “Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos, la culpa es mía” decía Anaxágoras.

10 de noviembre de 2016

Algoritmos, caminos cortados y matemática complaciente.

Sobre el papel un algoritmo, como conjunto de reglas ordenadas para la consecución de una tarea, tiene bondad en si mismo. El problema, como casi todo lo bondadoso, es que según se van añadiendo variables por parte de los humanos el resultado se envilece. En realidad en estos momentos los algoritmos gestionan muchas de nuestras interacciones con el mundo. Hasta nos hemos acostumbrado a ello. Al final nos reconforta que aparezcan anuncios de las cosas que nos gustan, las posibles parejas en nuestra zona geográfica y dentro de nada es probable que alguno sea capaz de encontrar a esa mujer cercana, sin hijos ni mascotas, dispuesta a saltar al vacío, con una poderosa vida interior, amante de la música indie, de posaderas prietas, sexualmente activa, que sepa hacer croquetas y que hable lo justo por las mañanas mientras disfruta de las noticias y el zumo pensando en el redesayuno de los domingos. Son datos al azar.

Los algoritmos refuerzan nuestra zona de confort y si nos fijamos en aquellos que dominan las redes sociales nos intentan poner en contacto con aquellas personas que piensan como nosotros. Una experta en nuevas tecnologías me comentó una vez que curiosamente había entablado amistad con personas con las que compartía sus creencias y manera de ver el mundo. Lo achacaba a la casualidad de la vida olvidando que en el mundo matemático no existen las casualidades sino las variables. En las matemáticas de segundo de carrera existían muchos resultados aproximados que también eran matemáticamente válidos y es que las matrices de variables empezaban a ser enormes.

Cuando me despidieron de un periódico (en el que no me pagaban) por decir lo que pienso la conversación se resumió en lo siguiente: "el periodismo moderno lo que hace es buscar a sus propios fanáticos y les damos lo que quieren oir porque si no les damos eso comprarán otro medio". La reafirmación es, en definitiva, un negocio rentable.

Así que cuando yo aparecí en su vida no fue capaz de entender que la diferencia nos podía hacer más grandes y, por el contrario, terminó buscando el carpe diem de su algoritmo mientras yo luchaba por salir de mi zona de confort pero siendo yo mismo y no la respuesta que buscaba irracionalmente siempre.

Nos hemos acostumbrado a encontrarnos y a rodearnos de personas, productos, culturas y tipos de letra que nos hacen sentir cómodos. Los borrachos se hacen amigos de alcohólicos y los fanáticos deportivos lo hacen con otros fanáticos de su equipo pero no con deportistas. Los campos de interacción se reducen porque saliendo de ahí hace demasiado frío. Un homeópata podrá hacerse uña y carne de un experto de reiki pero no de un médico. Ella hace el amor con quien le da lo que quiere cuando lo quiere y el esfuerzo se lo dejaremos a los perdedores. Es mucho más cómodo, más rápido, aceptablemente más satisfactorio y más efectivo. Es como las canciones de tres minutos en comparación con las sinfonías, los posts en comparación con los libros y coger un taxi para llegar a casa mientras aún tiembla el cuerpo no da cancha a jugar enseñando las cartas, que es lo que pasa cuando nos ven los sueños que son lo que se ansía sabiendo que hay un lugar nuevo al final del camino.

La vida moderna nos alimenta de nuestros pensamientos autárquicos y lo hace sibilinamente, escondiendo todo lo que queda fuera, tapando y evitando que podamos pensar o creer que haya vida más allá de Pleasentville (link a película completa). Es una poderosa herramienta de marketing hacernos creer que no hay más coches, ordenadores, muebles o ropa que bajo una determinada marca. Es cómodo pero es falso.

Sin embargo nadie recela de la bondad de los algoritmos. Recelamos de lo diferente, de lo que no conocemos, del miedo, más que nunca, a lo que no entendemos. Recelamos de quien no nos ama exactamente de la forma que soñamos o de la forma que marcaron nuestros clicks en las pantallas, tenemos pavor de lo que no son nuestros bares favoritos o las películas que amamos polacas subtituladas en inglés.

Esa técnica que refuerza lo que deseamos en vez de enseñarnos deseos nuevos se ha convertido en una forma de vida, en un refugio, en un fácil orgasmo de satisfacción que nos hace cada vez más pequeños. Conocer discos nuevos en youtube cada día es más difícil porque te lleva, irremediablemente, a los que oíste antes. Cambiar el voto a un candidato que no diga todo lo que quieres oir o apostar por la pareja que te hace esforzarte para llegar más lejos es casi una utopía. No hay sacrificio porque uno cree de si mismo que es tan grande, tan perfecto, tan listo y tan guapo que los beneplácitos de la vida habrán de llegar solos.

Yo me cansé de esperar, como una princesa en el alto del torreón, a que vinieran a rescatarme aunque más de una noche sueño con que me follen con la complicidad de sus ojos clavados en los míos y después, que eso es lo importante, nos abracemos hasta quedarnos dormidos (y dormir cada uno en su lado con mis fuertes respiraciones y su sonido cadenciosa para encontrarnos en una sonrisa). El día siguiente vuelvo a acostarme esperando mi rescate como un país en bancarrota. Y que luego me enseñe sobre la vida, sea un terremoto en mis creencias mientras yo le pongo canciones que no conoce. Viajar sin rumbo por estepas lejanas de las que ni siquiera hemos oído hablar. Caminar sin que el trayecto nos vaya marcado aunque nos pillen tormentas o comarcales sin salida.

No estamos siendo educados en el esfuerzo y mucho menos, en apreciar lo bueno de lo diferente.

Google sólo me lleva a lugares que conozco, que no quiero, que juegan a reforzar lo que ya sabía y lo que no supe jamás es hasta donde hubiéramos llegado juntos, acumulando la energía de una central nuclear juntando en una explosión todo lo que nos diferenciaba.

Se vive mejor haciendo caso a los algoritmos pero intuyo que es mucho más aburrido y se está, definitivamente más solo.

"Ya estoy fuera"- me dijo en el último mensaje. Estaba dentro de su espacio y allí no estuve jamás. No fui, es verdad, pero se marchó. Sus amantes son una copia masculinizada de si misma, anuncios de sus preferencias, artículos con sus ideas, reafirmaciones. Capuchas que dan calor. Clicks interesados. Matemática autocomplaciente.

9 de noviembre de 2016

No es una apocalipsis zombie, es una apocalipsis estúpida.

Hace una semana escribí: "El estúpido, de una u otra forma, es un tipo de fanático o un tipo de paranoico. En realidad  hay un estúpido incurable, una especie de paciente cero, que contagia y gangrena su alrededor. La estupidez es una droga que engancha y que lleva a un estado de exaltación, de visión falsa de la realidad. Elimina los daños futuros, los males colaterales. Abstrae. Crea excusas plausibles y altera las normas exclusivamente para el interés propio. Genera, como los grandes opiáceos, una sensación de bienestar falso y una necesidad de reafirmación que exige volver estúpidos a los demás creyendo, como el devoto de una religión sangrante, que se les hace un favor cuando en realidad se les está pasando la inyección enfermiza de su propia destrucción. Quizá matar a los estúpidos no sea una mala idea."

Y hoy descubro que soy un jodido visionario. No es una apocalipsis zombie, es una apocalipsis estúpida. Da igual que venga por la izquierda o por la derecha, en forma de democracia o en forma de dictadura. Venezuela, Reino Unido, EEUU, Francia, los Emiratos Árabes, Ruanda. Da igual. En España usamos la democracia para mandar a Rodolfo Chikilicuatre a Eurovisión y mayorías absolutas del GIL. Se demuestra que Apple no paga éticamente sus impuestos, que Samsung explota como empresa o que Volkswagen se pasa la ecología por el arco del triunfo y se sigue comprando masivamente. Nadie vota a los fanáticos pero ganan las elecciones. El problema no está en los fanáticos porque probablemente más de uno será consciente de su vida miserable sino en los que les siguen como perros tras los huesos que les da su amo, aunque sean sus propios huesos. Aunque les den para comer su propio cerebro como a Ray Liotta.
No se me ocurre mejor metáfora de lo que está pasando con nuestro poder de decisión.


Pd:
En oto lugar escribí: "Si aquellos que son estúpidos se alejan de la contabilidad democrática es lógico pensar que el resultado contable final será más apropiado y justo. Que no habrá, como nos ha contado la historia, resultados democráticos que tengan peso y sean originados por parámetros absurdos. Que no salga elegido un candidato que se disfraza de gnomo porque hace mucha gracia o que tengamos que discutir sobre el color de las farolas en sede parlamentaria cuando haya familias que pasen hambre porque algún electo, representativo de un electorado irresponsable, se empeñe. Así que tiene lógica"

6 de noviembre de 2016

Paradojas evolutivas.

Existen rasgos evolutivos que desarrolla el ser humano para sobrevivir. Pudo ser andar con dos patas para parecer más grande que las presas o pudo ser perder las muelas del juicio debido al procesamiento de la comida moderna. Son fáciles y están ahí. Nos han servido para ir amoldándonos a nuestro presente de la misma forma que se perdió la cola y de ello sólo queda un coxis. Sin embargo la evolución es algo que no se detiene y en el mundo moderno, si es que consideramos la modernidad algo que cubra mil o dos mil años, la evolución humana se caracteriza en la manera de sobrevivir de otros seres humanos porque somos, en definitiva, nuestra mayor amenaza.

Así que la necesidad de sobrevivir nos marca y nos hace desarrollar, a una velocidad tan veloz como los cambios sociales, pautas de supervivencia. Ser un estúpido, un seguidista, un simple o uno más es una forma de sobrevivir fácil que tiene una poderosa aceptación social. Ir al fútbol, ver los programas más vistos, vestir la ropa de las grandes compañías como uniformes, salir de vacaciones en agosto y apostar por una familia de anuncio es parte de esa evolución. Los que se quedan, agachados, en las trincheras, son los que vuelven a casa vivos y el valiente que sale corriendo con la bandera es al primero al que le pegan un tiro. Más tarde todos los cobardes ponen cara de pena y admiración en el entierro del héroe.

Pero si nos vamos más cerca en el tiempo podemos ver cómo el ser humano está creando poderosos monstruos. Se parecen a los dioses de la antigüedad pero tienen una forma mucho más etérea y casi siempre se esconden detrás de un logo. Las grandes compañías son las culpables de mis males, de mis gatillazos, de que ella y yo no nos despertemos juntos, de morderme los padrastros, de que mi vecino se tire un pedo en ascensor o que me pongan una multa por saltarme un semáforo en rojo. Son irracionales, malvadas y se han creado para castigar. Mientras los dioses enseñaban, premiaban y también castigaban los poderes fácticos son intrínsecamente malos. Atacan lo bueno, lo dulce, la humanidad y la justicia que tenemos a bien representar cada uno de nosotros.

En cavernas se reúnen demonios buscando cómo someternos.

Nos cubren de chemtrails, nos ponen medicamentos en el agua, manipulan muestras mentes con titulares y castran nuestros sueños lícitos con sus facturas, impuestos y regulaciones.

De esa forma eliminamos nuestra culpa y justificamos nuestros fracasos. Nos reunimos, sentando nuestros coxis en las sillas que ellos fabrican, para quejarnos amargamente de la imposibilidad de crecer, de llegar, de salir de la rueda en la que seguimos girando como un hamster esperando que le caigan las migajas que le mantienen vivo. Y no salimos con ninguna bandera más allá de lo admisible porque no queremos que nos den el primer tiro.

Cientos de grupos de humanos, reunidos alrededor de un café mediocre de Starbucks, se quejan de los grandes poderes fácticos y de las multinacionales culpándoles de sus insatisfacciones mientras después lo ponen en facebook, critican en twitter, compran en Amazon y duermen en sus camas de Ikea. Un rasgo evolutivo es culpar y otro consumir. Hacemos más grandes a nuestros enemigos para tener una excusa infinita.

Probablemente la evolución nos lleva a paradojas darwinianas para evitar nuestro real, intenso y privado apocalipsis. Es miedo. Es cobardia. Es estupidez. Es supervivencia. Llegará el momento en el que no sepamos rodear o saltar una pequeña piedra en el camino pero hayamos encontrado mil formas de quejarnos y ninguna será responsabilidad nuestra.

27 de octubre de 2016

Éxito empieza con "ex"

En 1998, cargado con un portátil como si fuera un mochilero, recorrí bares y locales de ocio por la cornisa cantábrica contando a los gentiles hosteleros lo maravilloso que era conectar un equipo a su amplificador y dejar que la informática y aquel novedoso winamp pusiera los discos por ellos. Reconozco que pasé toda mi música a mp3 y que más tarde, con el maravilloso musicmach jukebox, lo volví a intentar. Vendí exactamente tres y me emborraché diez veces porque no hay que pedir cerveza sino agua, que es lo que aprendí como comercial. En Castro Urdiales un señor se soprendía al ver que una máquina sonaba como un disco. -Pero ¿los ordenadores suenan?- me dijo con los ojos como si hubiera encontrado un tesoro y fue el mismo momento en el que decidí rendirme. Comercialmente fue un desastre y cuando después, muy poco después, todos los bares tenían su correspondiente ordenador, llegué a la conclusión que me equivoqué de momento.

No fue la primera vez que me pasaba.

En realidad se parece mucho a las relaciones en las que es importante querer algo parecido y encontrarse en el mismo sitio, mental y físico, para tener algunos visos de éxito que, casualmente, empieza con "ex".

Hay casos curiosos cuando se mira atrás en el tiempo. Microsoft tenía el messenger (1999) y nos veíamos y hablábamos, nos llamábamos y poníamos emoticonos pero algunos creen haberlo descubierto ahora como la gran modernidad. El whatsapp es un messenger mediocre pero ahora es masivo. El comunismo existe desde el origen de los tiempos pero en algún lugar dicen que lo han inventado ayer. Cuando la variable de tiempo entra en la ecuación el resultado se altera considerablemente. Cuando la necesidad y la oferta no coinciden todo termina en fracaso o en recuerdos. 


Cuando la conocí yo estaba en esos lugares en los que se necesita un horizonte que mirar, un camino de baldosas amarillas que recorrer y, a ser posible, cogidos de la mano cantando a través de los arco iris. No era su caso. Más tarde yo estaba en uno de esos momentos de la vida en lo que necesito dos hostias, un polvo contra la pared, ninguna pregunta y sudor de ese que se queda pegado al colchón para ver si es capaz de sacarme de algún estancamiento. Deseaba abrazarme y que habláramos de nuestras cosas mientras en televisión ponían informe semanal. Y no nos encontramos en ninguno de los dos sitios. Un día la llamé por si necesitaba que comprara yogurt o que la llevara un abrazo y me dijo que ya tenía quien la abrazara. -No es sexo- me dijo- No pienses mal que te conozco-. En realidad me daba lo mismo porque era,en ese caso,  como dice una canción, "ven y pellizcame, que sepa yo que estás ahí. Acércate y escúpeme, que tenga yo noticias". Y me quedé sin noticias.

Así que un día, tumbada excelente y curvosa sobre una cama se quedó mirando al techo como quien habla solo rebuscando en su interior -Estoy harta de sentirme follada- dijo casi expulsando el aire -Tengo ganas de sentirme amada- Me senté en el extremo y dejé tocar con los pies el suelo. - Yo te puedo amar- dije despacio. -No creo que puedas- condenó tras un momento, mirándome. No me dí cuenta que ya se había ido. Después llegamos a la conclusión, como siempre e igual que en nuestras vidas anteriores, que no era nuestro momento. Cada vez más tú, cada vez más yo, sin rastro de nosotros.

No vale con desearlo intensamente, ni siquiera con dar con la combinación adecuada. A veces no son suficientes los hechos o arreglar una bicicleta porque en ese momento quería una moto, un deportivo o pasear por la playa. Quería un abrazo o encontrarla cada día al llegar a casa. Follar y marchar los jueves. Una tortilla de patata para desayunar un domingo. Amar como jubilados en sus bodas de platino. Quemar incienso para tapar el tabaco. Un armario para sus cosas, una mochila para las mías. Queremos, cada día, tantas cosas diferentes que aún no podemos decirlas todas porque unas veces nos pasamos y otras nos pasamos de frenada. Alguna vez aparece un instante mágico en el que no hace falta decir nada y luego ese instante se desvanece. O vuelve. O volvemos a equivocarnos. O no. Somos cobardes para hablar de lo que nos corroe y esperamos, eternamente, a que aparezca alguien que adivine nuestras entrañas.

Los ingleses lo llaman "timing". Es un imponderable del que siempre me hago culpable porque me persigue. Perdí las ventas. La perdí. Quien sabe si alguna vez daré con el momento adecuado.

Son muchas historias idénticas y busco, como un concursante mientras el tiempo se acaba, el premio. No quiero consolación. Estoy convencido que lo tuve, varias veces incluso. y aunque era para mí algún arcano decidió que no era mi tiempo sin explicarme, que me lo he ganado, si acaso es que no hay premio o que hay un premio mayor (por eso de la edad). No me rindo jamás pero empiezo a estar sospechosamente acostumbrado a los fracasos que ya no sé si empiezo la partida perdiendo.

Éxito sigue empezando con "ex". Lo que no sé es cuantos o si no era eso.
Septiembre vendrá a buscarme a finales de octubre y aún no sé la lección.

24 de octubre de 2016

La purga.

HUMOR MORALIZANTE GORE.

-Un dia- decía- una noche al año. No pido más- y aprovechaba para tomar un sorbo de ese café de la mañana que se llena antes de que las personas empiecen a poblar las aceras- deberían de dejarnos salir a la calle con unos bates de béisbol con pinchos en la punta y poder reventar a alguno que se lo haya ganado durante el año. Algún miserable, ya sabes- y ponía esa cara de obviedad- al que no le puedes destrozar cuando aparece por aquello de la cortesía o la tontería esa de que el cliente tiene razón.- Y deja el café en la barra juntando un puño encima del otro mientras aprieta la barbilla y coge un hipotético bate- Darle una y otra vez, con saña, sin que sus gritos valgan para nada, sin que pueda decir una vez más eso de "eh, chaval" o ese sonido de "psst, psst" como si tuviéramos que ser perros que acudan gentiles y con las orejas tiesas a sus amos. Que le duela, que se quede en el suelo, que le sangren los oídos y que no pueda quejarse porque en ese día, solamente ese día, los que estamos cara al público tendremos impunidad. Una impunidad ganada por 364 días de esclavitud, de sonrisa atenta y de ceder ante las exigencias miserables de quienes necesitan sentirse más que alguien, de los que actúan como si con su dinero pudieran comprar la voluntad de un dependiente, de un cajero o de- dice mirando al otro lado de la barra- de un camarero.

-El problema es que probablemente- dice el camarero recogiendo la taza y pasando el trapo debajo del redondel que deja- iríamos todos a por los mismos porque el hijo de puta que me hace ponerle otro café diciendo que está frio cuando casi lo ha terminado es el mismo que devuelve el traje después de ir a la boda. Y sí, se lo merece como se lo merece el idiota que adelanta por el arcén en un atasco o el que se jacta aquí, en el bar, de lo listísimo que es fingiendo una baja sin pensar en lo que está puteando a los compañeros del trabajo.

-Lo que pasa es que por esos cabrones nos tenemos que joder los demás. Tenemos que justificar nuestras faltas en el trabajo como si no fuera suficiente nuestra palabra, como si fuéramos niños que tienen que llevar un papel firmado por sus padres. Cuando nos pasa algo con una compra tenemos que dar mil vueltas y parece casi que somos los malos de la película. Si pedimos ayuda a un policía a las tres de la mañana lo que hace, según nos acercamos, es comprobar que tiene la pistola a mano, que nadie sabe lo que puede pasar. El otro día quería pedir una dirección porque me perdí y la mujer a la que me acerqué vio la señal de violador en mi cara. Joder, por defecto se presupone la maldad que no tengo. Por esos tipejos nos castigan a los demás.

-Por eso hay que matarles. Como zombies, como si no tuvieran alma. Los que mueren en las películas nunca tienen personalidad. Los soldados imperiales son todos iguales, los nazis de las películas de los años 50, los árabes, los vietnamitas de las películas de Rambo. No tienen alma. Un día, joder, un sólo día. Una purga. No es ético pero probablemente sería rentable.

-Y relajante


PD: Extra (lo he recuperado de un chat, pero viene a cuento. Abril 2015)

Y dijo: “Dios mío, dame una recortada”. Y entonces apareció una a su lado. Cargada. Caliente. Con inmunidad. Con licencia para matar. Dios le dijo: “mata a quien consideres porque no te juzgaré. Eres un hombre justo y actuarás con justicia”. Entonces la puso en el asiento del copiloto de su coche y condujo. Se paseó despacio por la zona financiera y buscó el momento en el que el presidente del banco que le dejó sin casa por no poder pagar la hipoteca saliera de sus oficinas. Se paró delante de la entrada del gran edificio de metal y cristal. Amartilló y disparó desde la ventanilla del copiloto. El presidente salió disparado hacia atrás con las vísceras sobre la camisa y nadie supo de donde vino el disparo. Envalentonado se fue a la puerta del congreso. Ahí se puso en la puerta. Disparando una y otra vez a cada uno que saliera con esas carpetitas ridículas y esas sonrisas hipócritas de quien no tiene prisa ni siente ninguna responsabilidad. Se amontonaban los cadáveres y la sangre iba esparciéndose por el suelo hasta manchar sus propios zapatos con ese azucarado color a resbalón y a desprecio. Empezó a andar por la calle y vio a unos chicos molestando a una señora. Les disparó. Un tipo con prisas y deportivo no le dejó pasar, mientras caminaba, por el paso de cebra y le reventó la cabeza apuntando a través de la luna trasera. Sacó el cadáver del coche y aceleró por la avenida. Decidió disparar a los conductores de todas las matrículas que acabaran en cuatro. Gritaba “!es un daño colateral!” que es lo que le dijeron cuando le diagnosticaron un problema pulmonar por el amianto de su casa, la que perdió. Se fue al colegio de su infancia y dejó a aquel profesor que le suspendió empotrado contra la pizarra de su antigua clase. Entró en el ayuntamiento y disparó contra la vaga y parsimoniosa señora de información, contra el que gestionó tarde su solicitud de ayuda y contra el concejal de urbanismo. Se fue a televisión y entró en plató arrasando contra los presentadores que le cuentan lo que no quiere oir. Aprovechó para destrozarle las piernas a un futbolista famoso que esperaba para una entrevista. Mató a su cuñado por tonto y al perro del vecino, que cayó en un contenido y agudo sonido animal, por no parar de hacer ruido por las noches. Disparó en la cara de su tercera novia, por dejarle, y en la cara de Benito, su marido, que fue por el que le dejó. Aprovechó para reventar la moto que tenían en el garaje, que fue el motivo por el que le abandonó, la muy insustancial. Le atravesó los tímpanos al insulso cantante de moda. Le metió el cañón por la boca y apretó el gatillo al vecino ese que se jacta siempre de lo bien que lo hace todo. Dejó a su jefe desangrándose en el despacho y sus clientes ahogándose en su sangre preguntándoles si era ahora cuando tenían la razón. Fue a por los youtuber, a por los homeópatas y reventó completamente varios recintos de coaching y de autoayuda. Apareció en dos o tres empresas de venta piramidal al grito de “ya está aquí vuestro nuevo faraón” y el polvo de los productos de maquillaje destrozados con él mismo apareciendo entre las sombras de los fogonazos de la recortada casi le hacían imaginarse a sí mismo a cámara lenta. Se sentó en el banco de un parque haciendo puntería con todos los corredores que tenían pinta de runners. Asesinó curas y gurús, lamas e imanes. Fue uno por uno acabando con el sufrimiento de los pacientes terminales de un hospital. “¿Imposición de qué hostias?”- le dijo a un experto en reiki como últimas palabras. Se paró en un centro comercial con un cartel que ponía “Ebanista en paro” y reventó a todos los que se reían después de mirarle mientras cargaban sus muebles de mierda. Volvíó al coche. Se había quedado sin munición. “Dios mío”- dijo- “dame armamento pesado”.

23 de octubre de 2016

De placeres, realidades y escondites.

He visto a un jubilado, con una cachava a un lado y la txapela puesta, orinando en la pared de una fábrica abandonada. Imaginé que había trabajado decenios allí, entre esos pilares desnudos que se pudren al aire y algún equipamiento mecánico oxidado por el siglo XXI. Quizá, llegué a creer mientras pasaba a su lado, es una forma de reivindicación de la tercera edad.

Después alguien ha dicho que en su juventud pensaba que lo peor era la maldad, luego la estupidez y finalmente se ha convencido que lo preocupante es la cobardía. Pero no- decía- cuando las cosas van bien sino cuando es necesario hacer algo para que todo no se derrumbe. En ese caso la cobardía es la peor de las enfermedades.

Freud, cocainómano conocido, estableció el principio de placer como un motor en el ser humano que desea y aspira a satisfacer sus necesidades. Sin embargo, un momento después, también estableció el principio de realidad donde el ser humano necesita regular su propio placer en función del mundo exterior dando incluso rodeos para conseguirlo o simplemente reduciendo el estímulo. Viene a ser lo de sacrificarse de toda la vida aunque con el final feliz de la satisfacción. Quizá es esa diferencia entre lo que apetece hacer y lo que hay que hacer la que no tenemos muy clara. Quizá somos cobardes para hacer lo que se debe o estúpidos para no entender que no todo es hedonismo. Quizá lo llamamos maldad cuando es en los demás.

Lo curioso de todo esto es que muchas veces no hacer nada es una forma de hacerlo todo. Aguantar los dedos en un mensaje que dice que la añoras. No aparecer con un martillo en la puerta de la casa de tu enemigo. Quedarse en casa, en silencio, enfrentándonos a nuestros fantasmas. Hay una tendencia absurda a hacer, contínuamente, como si fuera una necesidad. "Salir, beber, el rollo de siempre". Lo curioso es que esa canción termina diciendo que "llegar a la cama, joder que guarrada sin tí". Estoy convencido que hay dos tipos de personas haciendo cosas, a veces importantes y a veces irrelevantes: los que las hacen por necesidad o por alimentar su alma y las que las necesitan para no pensar en ellos mismos. Conozco a quien llena su cama de lastre para no enfrentarse a una relación de verdad, a esas montañas rusas de las que no se puede bajar hasta el final del viaje sin saber si será de alegría o vómito, que es lo que tienen las emociones. Conozco a quien lo abandonó todo por amor sin preguntarse si acaso era un gilipollas o un aventurero. Era las dos cosas.

Necesité que me compraran el billete para iniciar nuestra aventura inconclusa. Puede ser (que ese alguien sea yo). Puede ser que vuelvas al caer el sol, puede ser que yo esté en un cajón. . Mi principio de placer marcaba con neones en esa dirección, roja como un atardecer. Mi fortalecido principio de realidad reclamaba datos. Tras rellenar las dos columnas, a favor y en contra, en el cuaderno, quedamos en empate. Cometí la cobardía o la valentía de esperar casi como Miss Havisham, su vestido de novia y el banquete abandonado. Quizá ese fue mi escondite, una alocada perseverancia o el disfraz de catrina, la novia cádaver.

Mear en la pared, como un jubilado con problemas de próstata, de la antigua factoría deberá ser un placer aunque la realidad fueron los años de trabajo. El refugio a veces es el escondite.

Cada uno tiene su historia, sus pequeños detalles, sus cobardías y sus sacrificios. Y sus cadáveres.

21 de octubre de 2016

El zurullo de Maslow.

Probablemente Maslow estará revolviéndose en su tumba.
Y lo estará porque de alguna manera vulgar y mundana nos estamos convirtiendo en seres con una extraña moralidad que defendemos en cada bar y en cada cigarro en medio de la calle sin ser capaces de tener respeto, no aprender a descansar jamás, comer mucha basura y confundir afecto con intimidad sexual cuando, en realidad, la intimidad se ha convertido en algo mucho más difícil que encontrar que el sexo. "Juliet, when we made love, you used to cry". Conozco una mujer que tras una imagen y una actitud casi pétrea está hecha de algodón de azúcar. Cuando se lo dices se endurece como si fuera una reacción incontrolable, casi tanto como recordarla.

Uno de los triunfos de la edad moderna es saber identificar las teorías y somos, todos, grandes teóricos.

Pensamos y hablamos. Nos ponemos las túnicas de filósofos y la cara de interesantes. Usamos palabras grandilocuentes de las que importa mucho más su sonoridad que su efectividad. Murciélago es el animal con todas las vocales. Me han dicho y he puntualizado con todas las cosas que hay que hacer un numero inverso a las veces que hice algo en la dirección correcta. La mayoría de nosotros creemos poder afirmar que no hicieron lo necesario por ganarnos. Tenemos una excusa para cada vez que nos quedamos quietos esperando que vinieran a rescatarnos o que no nos bajamos de nuestras atalayas.

Juramos, viendo la pirámide, ejercer la moralidad, ser creativos, no tener prejuicios, aceptar los hechos y conocer la forma de resolver problemas y criticamos que los demás sean capaces de respirar como si no lo merecieran. La pirámide es nuestra porque somos los faraones de nuestro universo y creemos que la hemos cumplimentado cuando nos tambaleamos sin seguridad alguna y con un reconocimiento propio que nos deja rompiendo a llorar cada mañana en la ducha, justo antes de vestirnos con la falsedad de la autorrealización.

"Tenemos que" subir a la pirámide y lo que hacemos es orinarnos en los cimientos como si fueran menos importantes o como si los hubiéramos ganado sólo con existir. Una casa y un trabajo digno para todos, aunque algunos sean unos mierdas que no lo merecen, que los hay. El hijo del jefe alardea de su éxito cuando nunca hizo nada y pisotea a los demás. 

Para mi es un triunfo respirar. En televisión aparecen ejecutores de la moralidad bien remunerados. Nefertiti y Akenatón van de compras a Zara. La pirámide de Maslow ahora mismo es un autentico zurullo, que es lo que hacemos con las aspiraciones humanas.

Hemos, y de eso van los párrafos, vilipendiado el camino hacia la verdadera motivación humana o una necesidad excesiva de felicidad creyendo que estábamos arriba sin pasar por los caminos intermedios.

15 de octubre de 2016

Las catástrofes a las que nos acostumbramos.

Lo peor de ser un gilipollas es saber que lo eres. Lo peor de determinadas catástrofes es darse cuenta que nos acostumbramos.

Nos hemos acostumbrado a las miserias y a los desastres, a los huracanes y a los disturbios después de las finales deportivas. Nos hemos acostumbrado a tener amigos de los que no conocemos la cara más que por foto y a decir que estamos leyendo el periódico sin tenerlo entre las manos. En un futuro "lo que ahora se considera una masturbación será una relación sexual" dicen por ahí hablando de éste mundo tan líquido y fútil, tan catastrófico para la realidad, tan fagocitado por la idealización de la verdad.

"Me desvanezco"- pone junto a una foto sobre grises en la que está en la cama tumbada dando unas buenas noches que no se pueden convertir en dormirse oyendo la respiración o dejando que el olor vaya reteniéndose en las sábanas.

Tampoco nos atragantamos con los muertos de los telediarios y han dejado de avisar que las imágenes pueden dañar la sensibilidad del espectador porque el espectador ya no tiene sensibilidad. Ni el espectador, ni el cliente, ni siquiera el votante. No nos escandaliza que en Colombia se vote el NO a la paz, por muchos peros que se le pongan a los acuerdos. No nos escandaliza que la democracia en Egipto decida que haya que lapidar a mujeres. No nos preocupa, es más incluso nos alegra por el precio de los vuelos, que el racista Reino Unido desee remar más allá de lo que le une a Europa. Estamos acostumbrados a las próximas barbaridades, a que un retrasado pueda tener el mayor poder destructivo del planeta bajo su bisoñé o a que se ponga de moda comprar colaborativamente mierda en una web china para mandarla a tus amistades virtuales (bueno, eso ya existe).

Lo peor es que nos empieza a parecer normal. Lo peor es que una señora grita al frutero porque le ha salido un melocotón golpeado mientras apura los huesos del pollo ante las imágenes de Haiti destrozado, de nuevo, por una tormenta tropical. La medida se perdió cuando aprendimos que los problemas de otros no eran problemas sino acontecidos.

Pero un día, un miércoles de esos que son algo grisáceos, llegamos a casa y no teníamos fuerzas para aparentar, para hacernos una bonita foto en la que estuviéramos fantásticos. La casa no olía a incienso ni a tabaco. Las luces estaban apagadas y necesitábamos algo más que una pantalla. Necesitábamos un punto de apoyo, un mapa, una mirada de esas que están por encima de las formas de su cuerpo o de la magnitud de su barbilla. Y no había, como una nevera con luz que tiene solamente los ingredientes básicos de subsistencia, alguno de esos componentes mágicos de la vida que parecen caprichos pero son imprescindibles. Entonces nos desvanecimos sin foto y sin ninguna respiración cerca.

El problema no es que sea un viernes solitario sino que sea otro viernes solitario.

El problema es que podemos engañarnos con tremenda facilidad mirando las fotografías y manteniendo miles de conversaciones banales o cientos de relaciones que van tapando y calentando las camas de los meses que pasan acumulando el lastre necesario para quejarnos de no ir a ningún sitio.

Hace no muchos años casi nos avergonzábamos de ser incapaces de tener una vida real y los mismos que se reían de nosotros cuando les contábamos que éramos administradores de un grupo de iRC ahora nos presentan a sus novias con una foto de móvil y se emocionan con la aplicación en la que la encontraron sin ser capaces de diferenciar su olor del de la tapicería de su coche. "La veré dentro de tres meses"- nos dicen y estamos seguros que las 36 horas que pasarán a su lado serán perfectas (si es que lo son), con mucho cariño impostado y quizá sexo de película, pero hay una parte de nuestro cerebro que nos dice que eso no es verdad por mucho que la modernidad se empeñe en contar que aquello es el futuro aunque es una mierda pinchada en un palo.

Voy a hacer cinco horas de coche con un pasajero que no conozco. Fingiremos llevarnos bien. Llenaremos la conversación de tópicos.

Lo peor de todo es que desear que se vuelva a imponer la realidad es como añorar los teléfonos con cable pegados a la pared y llamar rezando porque no se ponga su padre. Lo anacrónico es desearla hablando de nimiedades, esperarla al llegar a casa, confiar en la razón de los votantes, en la solidaridad de las personas, querer que hagamos pequeñas construcciones que nos den cobijo en una casa común o simplemente saber que los brazos que están al final del día son los suyos. Y esa mirada directa a mis ojos, sin bits en medio, para poder oler su presencia y recordar con las yemas de los dedos la suavidad del final de su espalda.

Tengo unas aspiraciones del siglo XX y no quiero acostumbrarme a los brillos XXI porque son brillos LED llenos de algoritmos empeñados en mentirnos y en acostumbrarnos a miserias, a catástrofes a las que nos estamos acostumbrando. Unas son noticiables, otras personales. Aborrezco mis pantallas pero, a veces, es lo único que me queda.

Desear que un día, casi como un click, todo cambie y encaje, es casi un oximorón.