Mal dia para buscar

14 de febrero de 2018

14 de febrero y los asuntos pendientes

(literatura que estaba guardada por ahí basada en hechos reales)

"Me equivoqué". Una vez decidí marcharme aceptando la derrota.

Alguien me dijo, oyendo parte de la historia, que la culpa es algo demasiado fuerte e incontrolable. Que cogerla y ponerse encima de ella como si fuera una granada lo único que consigue es hacerte reventar. Que ella esperó porque lo decidió y que tomó sus decisiones, que esa metralla no debe estar toda haciéndome sangrar las entrañas.

Los años siguientes la necesité en cada momento en el que algo importante me sucedía. Siempre me sentí como un infiltrado incómodo al otro lado del teléfono. Siempre, sin excepción, volvíamos a aquellos meses como si fuera una conversación pendiente sin finalizar. Ella juega a anticiparse a todos los acontecimientos y yo le digo que ésta vez se equivoca. Pasa todos los días a menos de cien metros de mí y no la veo nunca. Sabe que hubo una época en la que buscaba verla y esperar que al descubrirme sonriese arrugando un poco la punta de la nariz. Cuando nos hemos cruzado, a veces en lugares insospechados y lejanos, siento que se pone en guardia. Me creo ser un dolor que aparece cuando me mira.

La última vez que hice el amor con ella, ya derrumbados y en el pleistoceno, lloré como un niño pequeño. Nunca más me ha pasado. Y aunque parezca que la lógica de las historias de amor tiene la norma no escrita de un final feliz o un final completo y resquebrajante no me convertí en Miss Havisham. Ni ella, supongo. Miss Havisham fue un personaje real en el que Dickens se basó para la creación de Grandes Esperanzas, porque todos los relatos tienen un porcentaje de realidad. Aquella mujer de hace dos siglos, abandonada el día de su boda y perdidamente enamorada, decide parar el tiempo justo en ese momento. Vistiendo el traje de boda. Dejando la mesa del banquete puesta con el pastel pudriéndose y todos los relojes detenidos a las nueve menos cuarto. En realidad se llamaba Eliza Emily Donnithorne y murió, como no, de un problema de corazón. No sé si ella se detuvo. Yo lo hice y no fue, sobre todo después de que mi cara tuviera que admitir que seguía buscándola en todos los lugares y en alguna cama, de las que siempre salgo furtivo para dormir en la mía.
Hay partes de nosotros mismos que no podemos dominar sino hacernos espectadores. Yo lo soy de la parte de mí que sale, incontrolada como la entonación de un villancico.

He llegado a la conclusión de varias cosas. La vida, incierta y extraña, puso ante mí la pieza necesaria para cubrir y ocupar un determinado vacío irremediable. Pero nunca se cubre de la misma forma sino de un modo incremental, como un ciclo. Es imposible vivir sin un Dios, un padre, un jefe o ella misma. Alguien que se adora, se respeta, se teme a veces, premia, castiga y ayuda. Alguien con quien crecer y aprender. Mi padre no volverá, de eso estoy seguro. Llevo años sin verla aunque alguna vez volvimos a hablar por ese medio que pone distancia fingiendo proximidad que es el teléfono. Casi estoy convencido que jamás volveré a verla frente a mí, con las puertas abiertas a mis manos y esos ojos entornados un momento antes de abrazarnos para planear lo que haya que hacer el fin de semana y que casi siempre será lo que ella decida. Cuando mi padre se sentaba en la mesa redonda que había junto a la cocina y nos decía qué es lo que se iba a hacer, como una imposición obligada. Tenía en cuenta lo que quería mi madre, lo que le gustaba a mi hermana y aquellas cosas que suponía que a mí mismo me hacían feliz. El último en ser determinante para la conclusión era él mismo y sin embargo daba la orden porque era un superhéroe del que al final descubrimos que simplemente era un humano con traje. Y nos enseñó. De ella aprendí. También aprendí, aunque fuera perdiendo, a equivocarme. No es una mala enseñanza y es para siempre. He dejado las heroicidades para los demás.

“Elegir es renunciar”- me dijo una vez. Y curiosamente, aunque no lo crea, no elegí renunciarla. Ya se lo dije aquel día: “Me equivoqué”.


Pd: la versión buena es la que hicieron con Bunbury, pero es que ya la he puesto dos veces.
(todos tenemos asuntos pendientes que no nos dejan ver que seguimos vivos)

13 de febrero de 2018

La matraca

El otro día me decían, como dato previo para una tertulia sin rigor, que los niños más acosados por internet eran los gays, los gitanos, lesbianas e inmigrantes. Yo pregunté, porque soy muy de preguntar, que dónde estaban los insultos a los gordos o a los que tienen orejas de soplillo. Me respondí yo solo: los gordos no tienen una asociación que les proteja de los miserables. Los de las orejas lo único a lo que pueden recurrir es a los cirujanos plásticos.

Gordos y gordas no tienen  amparo legal. El mundo millenial, ese que se escandaliza de cómo se discrimina a los vasos que no están ni llenos  ni vacíos (pidiendo firmar una  petición para su reivindicación en sede parlamentaria) no ha reparado en los gordos de clase. Sí en las lesbianas, en los inmigrantes, en los gitanos y en todos los que sufren una mala pigmentación de la piel. Tiene que ser muy duro dejarse a un grupo discriminado por hacer agravios comparativos con el hombre blanco sano heterosexual  que es, a ojos de la matraca, culpable de todos los males del mundo y de la matanza de animales.
Además lo que es cierto es que no eres nadie si no perteneces a un grupo de exclusión. Ser normal no es posible. Aquí hasta el más tonto se siente discriminado y tiene alarmas dramáticas que certifican su dolorosa situación en el mundo. Todos somos Emos y no por vestir de negro sino por estar convencidos que todo es una mierda cuando el resto se dedica, casi antes de lavarse los dientes por la mañana, a preparar las formas malévolas y salvajes de intentar depreciar un poco más a la minoría que representamos.

Y si no estamos muy seguros de pertenecer a una minoría sólo tenemos  que encender la radio, poner la televisión o vivir dentro de cualquier tertulia. En los años 80 se hablaba del Sida  y todos acabamos comprando millones de condones que nunca se usaron pero que nos mantenían a buen recaudo de la matraca del momento porque que sea una matraca no quiere decir que no sea verdad pero sí intrusiva. Eso sí, hacíamos chistes de mariquitas. Conozco homosexuales que los contaban con muchísima gracia. Después nos relajamos un poco en eso de los preservativos y comprendimos que lo importante es ser persona independientemente del agujero que te ponga. Dejamos de hacer chistes de mariquitas y empezamos a hacer chistes de Franco y del rey, que son dos figuras tan recurrentes como empezar con aquello tan viejo de "se abre el telón". La juventud, es decir, los que vienen detrás nuestro, follaban a pelo (perdón, sin pelo,  que la depilación es una modernidad muy limpia que creo que responde a la necesidad de tener más espacio para los tatuajes) y no tenían ningún reparo en las diferentes opciones sexuales de cada uno. Eso sí,  se metían con el inmigrante. Pero oye, empezó la matraca del inmigrante y tras un breve periodo de tiempo ya no se señala, afortunadamente a nadie por su color de piel. Pero volvieron los chistes que incorporaban un exceso de pluma. Después no se podía tocar a un menor aunque fuera un enviado del diablo y tuviera mil quinientos boletos para una bofetada. Todos los medios y los actores se movilizaban por su defensa, las ONG, incluída Oxfam, hacían campaña considerando la bondad intrínseca de los niños de la misma forma que antes ningún inmigrante, ningún homosexual o ningún enfermo de Sida podían ser malos en alguna faceta de su vida.  ¿Sabes? Un marica cabrón que robara el dinero del cepillo de misa era impensable de la misma forma que para algunos ser cura y no ser un pederasta era una contradicción. Cuando alguien es defendido por la matraca se le atribuyen capacidades divinas y bondadosas. Mientras tanto los toreros, los banqueros y los que defienden la energía nuclear son los malos. Y los carnívoros sospechosos porque solamente los veganos tienen ganado el cielo de las verduras. No hay cortadores de jamón en la casa de Dios de la misma forma que en los años 70 todos los alemanes eran nazis.

Ahora la matraca insiste, con furiosa cólera, que todos los hombres abusan de las mujeres y las desprecian. Que nos juntamos por las noches como políticos neoliberales alrededor de unas rayas de coca que vienen de los alijos de la Interpol para agrandar la brecha laboral y fundir bombillas en callejones donde colocamos a viciosos para que las violen y las maten. Somos muy malos. Ninguna mujer es una tremenda hija de la gran puta  (o puto). Ninguna puede ser vaga o torpe, sólo lo son, si es que lo son, por culpa del hombre malvado.

Pero ahora el sida, los inmigrantes, la homosexualidad o los niños han dejado de ser interesantes. La matraca establece un estado de opinión que defender y todos los demás, no importan.

Los gordos y los que tienen orejas de soplillo, menos.

Ya han empezado a quitar cuadros de los museos porque salen mujeres desnudas. La maja de Goya es un resquicio de patriarcado machista que explota a la mujer. Catherine Deneuve es un hombre machista porque dice, de soslayo, que quizá hay algo excesivo en todo esto.

Afortunadamente es la matraca que nos toca esta vez. Cuando todo quede asolado surgirá una nueva. Y lo defenderán los  portavoces, las portavozas y todos los voceros. Se olvidarán de lo anterior porque la indignación, como la moda, no tiene memoria  y es cíclica.

Yo sigo comprando condones y se siguen caducando. No me importa con quien te acuestas excepto si te quieres acostar conmigo (y yo no) o con alguien que no quiera verte ahí detrás. No me preocupa el sexo de mi interlocutor excepto si lo pone encima de la mesa. Me da lo mismo si eras blanco,negro, tu religión, tu credo (da igual). Cogeré mi coche.  Meteré primera,segunda, tercera, cuarta, quinta y me iré al centro.
No me gustan las matracas. Me sabe mejor el sentido común por las mañanas. De eso hay muy poco.

11 de febrero de 2018

A de autoestima (y final)

Y Mikel se va sin dejar de cojear. Las mentiras hay que mantenerlas hasta el final.

Cuando se toma una decisión, quizá tras un periodo de reflexión más o menos  largo, lo que diferencia a los mediocres de los fuertes es la capacidad de llevarlo a cabo. Los visionarios son filósofos de la verdad pero los que se manchan las manos son los verdaderos artesanos y eso es una enseñanza de aquellas que se quedan clavadas a fuego. Para hacer efectiva una mentira hay que creérsela y mantenerla de forma constante porque con la tozudez se es un loco o un gran actor. Si en medio de los interrogatorios el preso se rinde puede ser por dos motivos: por no poder soportar la presión o porque la verdad se va abriendo paso. La manera perfecta de encontrar una mentira en un adolescente que llega tarde a casa es hacerle contar lo que hizo pero de manera inversa, es decir, con el tiempo al revés.

Cuando ya no hace falta se puede eliminar la mentira porque dejó de ser rentable. Mikel deja de cojear al alejarse de su último intento infructuoso. Es lo mismo que dejar de prestar atención a aquel programa de televisión infumable al que prestaba atención porque a Ana le gustaba. Casi lo mismo que aficionarse al tequila con canela y naranja  bebido a sorbos pequeños. El tequila se inventó para emborracharse rápido y ella se sentaba en casa con una rodaja de naranja, un pequeño y decorado frasco de especias que tenía canela y una botella de Matusalen. Encendía la televisión y tardaba los 45 minutos del programa en tomar los tres dedos de ron que entraban en el vaso. Era una especie de ceremonial. Siempre  en los mismos vasos. Siempre sobre una bandeja que tenía dibujadas unas vespas. Se acercaban en el sofá con una manta de cuadros y dejaban que el tiempo hiciera el resto. A veces, después, salían a la calle. A veces mantenían el calor hasta la cama, siempre hecha, donde Mikel se ponía a la derecha y ella se desnudaba para ponerse el pijama comentando el programa anterior. Le abrazaba, quizá tenían sexo, y se dormían hasta el día siguiente. Era confortable y quizá, sólo quizá, era ese tipo de orden y corrección que se ansía pero que cuando llega ya no es tan divertido. Hay veces que los ricos, los de verdad, se quejan y no se entiende pero tenerlo todo es una aspiración humana que no se satisface con la acumulación. Así que un día, sin saber explicarlo, le dijo que no estaba bien. Que había algo que fallaba. Ella le pregunto el motivo exacto. No podía ser el calor porque las calefacciones siempre estaban perfectas. La cena siempre estaba rica. El sexo era aceptable. Las sábanas siempre olían bien. Nunca faltaba pasta de dientes ni gel. La nevera estaba completa, los vasos limpios encima del fregadero y la tabla de cortar en  el cajón del extremo izquierdo de la cocina. –No quiero vivir en un hotel,  quiero vivir en una casa-. Y ella le echó de la casa dejando bien claro, en un alarde de orgullo, que se había esforzado por la perfección y que esa perfección era incuestionable. Ahora, quizá con seguridad, vive un momento perfecto con algún tipo perfecto de esos a los que nunca les salen granos ni les crece la barba de manera desacompasada.

Aquello no era autoestima, era confort. El calor confunde demasiadas veces y cuando no está, cuando el aliento hace nubes delante de la cara, se echa de menos. En ciertas ocasiones se siente la rabia de un fracaso mal entendido o simplemente se hace una irascible gestión de la culpa. Recordar lo que pudo ser aunque no fuera a ser pero que, en una valoración social hubiera sido mejor que lo que ahora parece ser es, como un juego de palabras, un detonante de ira.

Enfadado de forma irracional Mikel se mete en una tienda de utensilios de cocina y compra un cuchillo jamonero. Se va a un callejón apartado y espera. Aparece un tipo desgarbado y frágil en apariencia.  Mikel le sale al paso con el cuchillo en la mano.

-No estoy para hostias- le dice mientras nota como un escalofrío le recorre.- Dame tu autoestima.
Los atracos han de ser rápidos y directos, al contrario que la seducción.

El otro tipo, paralizado, con los movimientos lentos y las palmas de las manos abiertas levanta la camiseta y mete la mano en su estómago. Saca, viscoso como el parto de un ternero, un cubo que le da a Mikel. –Y la cartera- aunque eso es para despistar. Y Mikel mira a los lados, le grita que no se mueva, que no le siga, que no llame a la policía y se va corriendo hacia cualquier lugar en que poder contemplar su botín. Los atracadores primerizos se ponen más nerviosos que los atracados.

Tras una carrera breve que se hace eterna termina en un edificio abandonado, junto a una pared de ladrillo. Guarda la cartera y mete, no sin un poco de asco y dolor,  la autoestima en el lugar adecuado.  Coge aire. La sensación es parecida a lo que dicen que se siente en un golpe de droga intravenosa. Es un cambio brusco y después una gratificante sensación general pero sin pérdida de consciencia. La mente, que es un yonki de las emociones, lanza mensajes a los músculos. Las sensaciones son  mucho más poderosas que la razón pero entre las dos opciones existe una línea muy fina.

Se deshace del cuchillo clavándolo y rompiéndolo en varios pedazos que deja en contenedores aleatorios. Las series de policías listísimos han pasado por su recuerdo para eliminar pruebas.

Y Mikel pasea por la calle con la  espalda recta, con su autoestima robada y con un orgullo latente. En un escaparate se para a ver un partido de fútbol. Tiene la impresión de ser un fan del equipo deportivo local, de pertenecer a un grupo contento de pertenecer a una historia. Hasta ese momento nunca le interesó el deporte. También, no sin sorpresa, se da cuenta que mira con algo más deseo que el habitual a las mujeres rubias. Se ve a sí mismo como un gran tipo que alardea de sus orígenes, fortalecido y bien posicionado. Mikel vive una extraña dualidad entre el recuerdo que tiene de él mismo y lo que siente. Se ha pedido un vino tinto en un bar, con una tapa. Habla con el resto de los clientes del trato arbitral injusto. Descubre que los pies se le mueven cuando suena una rumba. Mikel odiaba la rumba.

-Mierda- se dice. Y busca en sus bolsillos la cartera de su víctima.

Encuentra la dirección y va en su busca. Es una puerta fría en un pasillo a  lo largo de un edificio de esos que parecen una plantación de setas arquitectónicas. Afuera hay toldos verdad en algunas terrazas y un jardín  cuidado a medias en el que parece que siempre parece que hay un barrendero recogiendo colillas con desgana. Los bordillos de las aceras ya están redondeados con el paso de los años y los buzones escupen publicidad de mentira parida por la fantasía falseada de los centros comerciales. Se prepara frente a la puerta y llama. En su mano la cartera y en la otra la autoestima. Al abrir la puerta se despeja un salón con la persiana medias,  con el sofá casi con  forma de persona y la televisión haciendo un ruido a modo de acompañamiento. El tipo se queda frío, de una forma diferente al momento del robo, al verle delante.

-Esto no es para mí- le dice mientras le devuelve lo suyo. –Perdona, ha sido un error-

El tipo la vuelve a poner en su sitio y recupera el tono de la piel. Lo ojos se aclaran y se abren. No sabe que decirle. Mikel se aparta y se va por el pasillo. Sin girarse y antes de que cierre la puerta le dice: por cierto, hemos ganado. Y suena un “!bien, la final a Madrid!” justo antes de cerrar. Mikel  se sonríe un poco casi como si hubiera ayudado a cruzar una autovía a un ciego. Es un delito pero se supone que han llegado a la otra parte. Las gallinas cruzan porque están locas y para los ciegos son los Rubicon de todos los días.


No es, no debe de ser una autoestima cualquiera. No es un traje sino el traje a medida. Eso es un problema porque el campo de búsqueda se reduce al mínimo. Tiene que ser la propia.  Existen películas bien hechas, con un guion formado adecuadamente, la música y la fotografía adecuadas pero que al salir del cien dejan el cuerpo con la sensación de haber pasado unas horas que se olvidarán en el futuro. Luego, sin embargo, hay películas mediocres, con diálogos sin continuación y enfoques desafortunados que se convierten en clásicos que nos acompañan. El sexo tiene sus componentes pero por alguna razón hay un momento en el que es ese, en el que es así, con esa persona, esas manos, esa saliva y con esa cadencia. No es nada nuevo y parece todo tan diferente porque encaja. Hay más cosas de las que parece que son parte de la búsqueda de algo personal. No hay generalidades válidas porque son partes a medida. La autoestima parece que es una de esas. Si se pierde la llave de casa no vale cualquiera para abrirla, sobre todo tras la puerta blindada de nuestro interior.

Mikel busca en internet. Hace una búsqueda a lo loco y pone “autoestima” justo al nombre de su ciudad.  Al final de la segunda página de resultados aparece uno “cementerio de autoestimas” junto a una dirección. Está en las afueras. Coge el coche. Es un pequeño almacén con una placa metálica junto a la puerta. Al entrar un operario de obliga a identificarse y le da un pase con un tiempo límite. Tiene acceso a una zona delimitada donde se encuentran las autoestimas de su vida. No la suya exclusivamente, porque ese es el objetivo de la búsqueda, sino todas aquellas con las que se ha relacionado. Perfectamente y en pequeñas cajas. En un espacio con la temperatura controlada a lo largo de pasillos ordenados y catalogados. Va viendo, casi como un mirón, los nombres que aparecen. Está la del director que tuvo en el colegio. Es una caja grande. Está la del compañero aquel que le pegaba de pequeño. No es voluminosa pero parece rocosa. Está, esponjosa como un peluche, la de su primera novia. La dubitativa y porosa de una amante ocasional de juventud. Hay una, muy pequeña, de un compañero de trabajo que nunca estaba convencido de haber hecho las cosas bien. En un lado, casi como si acabara de llegar, hay una caja con el nombre de su vecino. –No puede ser- dice extrañado. Esa misma mañana bajó con él en el ascensor y aparentaba estar seguro de sí mismo más aún que un deportista profesional al llegar a la final siendo favorito. Además tiene la vida perfecta. Un buen trabajo, una mujer que además de guapa es jodidamente lista y amable. Tiene un hijo que juega a ser un agente especial. Esa caja no debe de estar ahí pero está. –Del cementerio no sale nada- le dijeron en la puerta. –Lo que llega aquí, aquí se queda- le recalcaron. –Se utilizan en experimentación antes de que el tiempo y el olvido las elimine-.

La de Mikel no está. Ni siquiera entre la de su antiguo jefe, que la perdió en la última crisis económica, y la del vigilante jurado que pasa las noches oyendo la radio en la garita del garaje donde aparca y le saluda por su nombre cuando llega o le sonríe cómplice si es que llega tarde sin preguntar si acaso vuelve del trabajo porque es más divertido creer que vuelve oliendo a los brazos de alguna mujer con el ombligo en vertical. Eso no ha sucedido jamás pero a esas horas lo mejor es no dar detales si no son explícitos.

-No la encuentro- le dice al operario

-Entonces no está aquí.

Al volver al coche se queda en silencio. No se le quita de la cabeza la caja de su vecino, que siempre parece tan convencido de todo y, en verdad, no lo está. Unas cajas eran grandes y otras pequeñas. La composición no es estable. Las esponjas crecen y reducen su tamaño según la cantidad de agua que las compone.

Al empezar a conducir suena una de esas canciones, programadas, que le gustan. Le gusta. Le hace sentir bien. Esa sensación de saber la letra y que el bajo lleve el ritmo de los pulsos. En el borde de la autopista Mikel frena casi de golpe, como si tuviera una revelación inconsciente. En el arcén se lanza al asiento del copiloto y del frenazo han salido los tesoros que siempre esconden los bajos de los vehículos. Ahí, como un terrón de azúcar olvidado, pegado a restos, objetivo final en medio de dos monedas de un peaje y una cáscara de pipa, está. Pequeña, compacta, granulosa y suya. La autoestima no estaba perdida, que es una forma de rendición, sino olvidada. No era grande porque no es un tipo de magníficas aficiones pero las tiene. Algunas, como esa canción que no es rumbera, vienen a él. Los huecos que quedan están en su sitio como un folio por rellenar, como un formulario o como el lado frío de la cama.

La limpia con cuidado, levanta la camiseta y la pone en su sitio. La sensación no es definitiva pero sí tiene un componente enérgico, como unas pilas algo gastadas que aún funcionan en el mando a distancia de la televisión del salón. Abre las ventanillas. Pone esa canción y, sentado en el capó del coche mientras mira hacia el destino que lleva la autopista, lleva el ritmo con los pies fumando el cigarro que lleva para las ocasiones especiales en la guantera.

No estaba perdida, estaba olvidada.

Se pregunta lo que puede haber detrás de la última curva que ve al fondo.


Le da lo mismo que aquello sea una autopista o una circunvalación. 

8 de febrero de 2018

A de autoestima (primera parte)


-Lo siento señor- responde automáticamente la operadora telefónica de la sección de objetos perdidos después de golpear las teclas del ordenador- con la A de autoestima no me sale nada. ¿Está seguro que la perdió en nuestro municipio?
Al otro lado del teléfono Mikel duda.  Tampoco está tan seguro. –Bueno- balbucea un poco- en realidad es el primer lugar que recuerdo donde la eché de menos.
-Bien- le dicen de manera casi automática- hemos anotado sus datos y si tenemos alguna noticia no dudaremos en ponernos en contacto con usted. ¿Alguna consulta más?
-No, gracias
-En ese caso le pido que no se retire y procederemos a hacerle una encuesta sobre la atención recibida. Que pase una buena tarde y gracias por ponerse en contacto con el área de objetos perdidos de su ayuntamiento.
Como era de esperar, casi como una norma no escrita, en absoluto responde a la encuesta de rigor. Se queda con el teléfono inerte, como si fuera un arma recién disparada, al final del brazo destensado señalando con el cañón del auricular al suelo. Sabe que no está pero no sabe dónde la perdió. Quizá fue poco a poco, como una fuga de presos de un campo de concentración alemán a través del túnel: uno a uno. Quizá empezó el día en el que, con cinco años, aquella chica que le gustaba se fue con Benito porque él tenía una moto. Una mierda de moto de niño, sí. Pero una moto. Amarilla y con una ruedas gruesas que le permitían ir por la playa. Él, si quería conseguir lo mismo con su bicicleta, tenía que hacer toda la fuerza sobre cada pedal y creer que lo que se siente en la cara, en vez de un sudor ardiente que cae desde la frente con la mala suerte de meterse en los ojos y no dejar ver más allá. Pero lo cierto es que las dos o tres veces en las que intentó hacer, sin éxito, un sprint por la playa no le vio nadie. Mikel ha sido desde niño un gran previsor de sus ridículos.

Así que se fue al armario,  a revisar los bolsillos de sus chaquetas y sus pantalones. Fue metiendo la mano. Sacó un pañuelo arrugado, seco y casi pétreo. Sacó un ticket de la compra de algo que ya digirió hace meses. Sacó unos céntimos, un preservativo. Sacó un billete de cinco que había sido lavado. Sacó un número de teléfono en un trozo de folio roto. Lo dejó sobre la mesa. A un lado el móvil y al otro el número. Ni idea de quien pudiera ser. Probó a escribirlo por si la memoria digital infinita lo reconocía. Nada. Llamó.
-¿Mikel?- dijo al otro lado una de esas voces de mujer que está sin identificar en algún lugar del recuerdo.
-Sí.
-¿Qué tal?
-Bien, ¿y tú?- dijo sin atreverse a reconocer que no tenía cara ni nombre a esa voz.  Una de las múltiples ocasiones en las que, como si nos saludásemos por la calle, no queremos parar para no admitir que no somos tan amigos o tenemos tantos recuerdos comunes. Hay un grado de amistad que incluye reconocimiento pero no conciencia. Podemos haber tenido una gran conversación, un proyecto laboral, amigos en común o incluso una noche loca pero nada más. No se ha llegado a la titulación de persona, animal o cosa. Es el limbo de las amistades que no son amigos.
Al otro lado se hace un silencio que casi está escondiendo una sonrisa maternal o irónica.
-No tienes ni puta idea de quién soy, ¿verdad?
Mikel hace un silencio.
-No
-Entonces ¿por qué has llamado?
En esos casos lo mejor es la verdad
-Encontré el teléfono en un bolsillo.
-De un pantalón beige
-La verdad es que sí.  ¿Cómo lo sabes?
-Es el que llevabas puesto cuando te lo di. Lo apuntaste. Sonreíste. Me dijiste que mañana me ibas a llamar.  Y, ya ves, todos sabíamos que era mentira. Los hombres sois unos niños grandes tremendamente predecibles. No se puede esperar mucho.- Hizo una pequeña pausa hacia el chiste o la ocurrencia- Bueno, sí, la extinción.
-Eso se arregla con un asteroide- dijo como ocurrencia.
-No, tranquilo. Es cuestión de tiempo. En fin, ¿para  qué quieres llamar a una extraña?
-La verdad es que he perdido la autoestima y la estaba buscando. Al mirar en los bolsillos por si aparecía lo único que encontré fue tu número y, no sé, quizá.
-Aquí no está Mikel. La llevabas encima cuando te conocí pero si te sirve de consuelo te la llevaste contigo e igual que mi teléfono. Por lo que veo has hecho con ella lo mismo que con el número. Sigue buscando, chico, hay miles de premios. Te dejo, que me has pillado ocupada. Cuídate.
Y ese “cuídate”  sonó como suelen sonar: si te mueres me va a dar pena pero no voy a ir a tu entierro.

Es cierto, si se para a pensarlo un poco, que alguna noche, cargado con la energía que dan seis trivialidades, la  llegada de la noche, doscientos cincuenta gramos de tumulto y tres copas de consumo lento y continuo, tuvo esa sensación de llevar la autoestima consigo. No como quien sabe dónde está o la forma que tiene pero si con la tranquilidad de saber que su ubicación es cercana, como quien no necesita tocar el bolsillo para saber que allí están las llaves.
¿Cuándo tuvo por primera vez esa sensación?.  Es casi un proceso  de regresión y esa regresión le llevó a casa de la abuela. Una casa con una mezcla en el olor a lejía y humedad. Con todas esos elementos que duran para siempre, como una televisión de tubo que vive constantemente encendida casi como una compañía infinita. Un pozo de indignación y escándalo que engaña haciendo  creer que el mundo se asoma por ahí cuando, en realidad, es una mano que juega al baloncesto con las emociones del corazón.
La abuela siempre le dijo que era un niño muy guapo. Listo. Y le daba  largos besos en la mejilla  cogiendo su cabeza con las dos manos. Si alguien le dio la autoestima en algún momento tuvo que ser ella. De alguna manera furtiva, en una bolsa mal cerrada del supermercado y a la vez que le decía “que no se entere tu padre”. Y él, niño que sale de casa pensando en qué llevaba  un tesoro casi robado, abrirlo al salir del portal y encontrarla  en el fondo de la bolsa, junto a unos caramelos.
Pensándolo bien no sabe si aquello era autoestima o una semilla de narcisismo. En  los ojos de la abuela siempre luce bien. Así que fue a visitarla. Ella siempre le dice que está guapo. Es un ceremonial en el que él llega a la casa y pasa al salón tras un achuchón  de esos que aprietan pero que no se sienten invasivos. La abuela habla desde la cocina preparando un café descafeinado con leche desnatada y que acompaña de sacarina porque algún predicador televisivo de la gastronomía lo dijo alguna vez. Muy sano. Y pastas. Muchas pastas. Bizcocho y turrón  de las navidades pasadas. “Come algo más” le dice mientras se queja de lo poco que la visita y la mucha ilusión que le hace que haya venido.
-Abuela- le dice. Ella le  mira con atención pero sin dejar de ver al niño. -¿Tu no sabrás si me dejé la autoestima la última vez que estuve aquí, verdad?.

Ella  piensa una centésima de segundo y se levanta para ir a su habitación. Vuelve con algo en la mano pero es el monedero. Saca algo. –Ve y cómprate algo-  le dice mientras le da un par de billetes. –Aquí no te has dejado nada pero ven cuando quieras-  le sigue diciendo mientras le acerca el plato del turrón de hace meses. -¿Y qué tal de novias?. En ese momento Mikel se rinde porque la abuela ha entrado en el bucle infinito de las abuelas que se compone de una exaltación completa del nieto y un poso de enseñanza demostrado en experiencias ancestrales, de cuando irse a bailar era casi ser un antisistema. La escucha, sonríe, se acaba el agua disfrazada de café y vuelve a la calle sabiendo que lo que busca debe de estar en algún lugar que no ha descubierto.  Lo que es cierto es que la abuela siempre le habla del sacrificio y de la guerra, de la forma de salir a delante que tiene el esfuerzo y el  estudio. La  abuela tiene la  certeza, casi demostrable, en que el estudio y el trabajo siempre tienen una recompensa. Eso es lo que hace falta.

Al salir a la calle y en la búsqueda de un café de verdad que quite ese sabor que le acompaña entre los dientes Mikel entra en un  bar. En la puerta  hay un cartel con una cara sonriente. Pone “Taller de Coaching: elevar tu autoestima”. Eso llama su atención. Sigue leyendo: “en tu vida hay retos, sueños, oportunidades, rutinas, conflictos, logros, barreras, pérdidas, ganancias, posibilidades y lo único que permanece en la vida es el cambio. Estos talleres emplean tus capacidades y potencial innato para dar una respuesta a la gestión reactiva de tu vida y anticiparte con la gestión por-activa.” Va directo hacia allá, como si en un cartel pegado en una pared pudiera existir una respuesta. La publicidad de guerrilla tiene esa virtud de disfrazarse de señal. A cualquier humano que haya visto cine le apasionan las señales.
Al llegar recibe un pequeño papel con el nombre del Coach profesional certificado por las prestigiosas asociaciones CTI y ICF que en realidad es como si ponen tres letras juntas. Llamar al Seat  124 el milcuatrocientostreinta siempre parecía que era un coche mucho más deportivo.
-¡Qué quereis!- dice un  tipo con un  micrófono colgado de la oreja y una puesta en escena de un telepredicador de 1989.
-¡Autoestima!-gritan desde algunos asientos que parecen ser los anzuelos a sueldo. Claro que eso es lo que Mikel viene buscando.
Entonces empieza a contar que en una calle de Omaha, en 1943, una tal John Smith Wilson tuvo una revelación que le hizo ser más fuerte y más feliz, que vio el camino que le llevaría al éxito y que esa revelación la pasó a sus hijos que fundaron la Wilson INC. Que les hizo ricos como nadie  gracias a las enseñanzas de su padre. Que ahora mismo, antes de dejar la sala, esa revelación la iba a compartir con todos y que serían capaces de ser todo lo que quisieran porque la verdad está dentro de todos nosotros.
-¡Seréis lo que queráis ser!- dijo levantando los  brazos casi como para hacer levitar al público.
-¿Seré campeón  olímpico?- dijo Mikel casi sin pensarlo y de esas formas en las que uno se da cuenta que ha hablado en alto al oírse.
-¡Oh!- dice el coach en cuestión.- Suba aquí conmigo.
Mikel, entonces y quizá haciendo gala de una ironía fuera de lugar decide subir cojeando al escenario.
-Puedes ser lo que quieras si lo deseas- le dice. Las olimpiadas no son solamente para grandes corredores. Los premios y las recompensas son para todo aquel que lo desea de verdad y lo único que lo puede impedir eres tú mismo. Los límites no existen si tienes la determinación suficiente.
-Pero yo soy cojo. Es imposible.
-!Todo es posible!
-No, no lo es. Vamos, que por mucho que yo quiera no...
-¡Eso es porque no tienes autoestima!
-Uy- dice Mikel con  cara de haber encontrado el camino adecuado- en eso sí que le voy a dar la razón. Si me permite le voy a hacer una pregunta. ¿Dónde está mi autoestima?
-!Dentro de ti!
-Que no- le responde- que yo ya he ido al baño esta mañana y nada, que ahí no estaba. Y he buscado en los cajones y por casa. Incluso en el hueco de la ropa sucia y tampoco. En casa de mi abuela tampoco. Por eso estoy aquí.
-¿Y quieres encontrarla?
-Claro, joder. Creo yo que no hace falta tanta parafernalia para una simple dirección. No sé: la tienes en la bolsa de deporte. O, no sé, se la ha llevado tu madre para limpiar. Empiezo a pensar que todo esto no es más que una chufa. ¿Me lo va a decir o me quiere vender algunos fascículos?
El coach hace una mueca de enfado porque cuando el paso previo a la fervorosidad no se da es muy difícil llegar al paso siguiente. Cuando se pone en duda la divinidad de un Dios  los pupilos se sienten incómodos. Mikel no parece un convencido. Eso es un  gusano en una manzana de la que hay que estar convencido que está fresca y pura pero el espectáculo debe continuar.
-¿Dónde la has buscado, amigo?
-En objetos perdidos, en los bolsillos de la ropa usada,  en casa de una amiga y en casa de mi abuela. Pero nada, que no está. Así que vi su publicidad y pensé que quizá me podía dar indicaciones ya es usted un profesional. O- dice con  una pausa dramática- un supuesto profesional.
-Yo soy un Coach certificado y no puedo ayudar a nadie que no está en disposición de serlo. Asi de sencillo. Le pido que abandone nuestra reunión.
-Sin ninguna respuesta
-¿Perdón?
-He dicho que sin ninguna respuesta. Que es un parlanchin  que promete algo que no puede cumplir. Habla de recuperar la autoestima y aquí estamos todos perdidos. Aprovecha esa debilidad para prometernos algo que no puede cumplir. No puede, no sabe o lo que es peor, no quiere.  Con una puesta en escena infame y sin decir nada. La Wilson INC no aparece ni en internet. Es tan fácil como buscar.
El coach se tapa el micrófono con  la mano y le dice al oído: “Vete a tomar por culo rápido antes que te reviente la cara, cabrón”
Y Mikel se va sin dejar de cojear. Las mentiras hay que mantenerlas hasta el final.

(continuara....)

28 de enero de 2018

Sintomas

De un relato:

"Hay quien cree que los alcohólicos tienen un problema con el alcohol. El problema es saber el motivo por el que se esconden detrás de una copa, saber a lo que no son capaces de enfrentarse. El síntoma es la borrachera. El origen, salvo contadas excepciones, es un lugar del que escapar o al que no llegar. Normalmente el más leve de los resultados es la resaca.

Yo empecé a esconderme en las barras en las que algún camarero amable me volvía a servir otro combinado dándome la razón en todo y con la única preocupación de que dejara el dinero para la caja. No era alcohol sino todos y cada uno de los lugares en los que, quizá, alguna vez había sentido calor, un espejismo del que era consciente. Falta de necesidad de proyectar nada más allá de las tres horas siguientes. Me acurruqué en alguna voz de la que, según las normas no escritas,  había que marcharse sin obligación de volver cuando la habitación aún está caliente. Un lugar donde no hace falta fumar porque sé que después, al volver abochornado hacia mi coche con la falta de prisa que dan esas horas que hay entre la noche y la madrugada, puedo fumarme un cigarrillo despacio y tirarlo contra la acera sin sentir la mirada inquisitoria de otros transeúntes.

No me acosté con nadie, si es que eso me libra. Pero busqué refugio y eso es una forma de infidelidad, supongo."

27 de enero de 2018

Armarios y penaltis

Cada vez que, frente a la barra de un bar o con el frío que lleva el final de enero en la piel, un grupo de indignados ciudadanos se queja amargamente de los problemas globales buscando solución imposible pero muy dramática a lo que creen que son sus problemas, me pregunto cuales son en realidad, cuales son los miedos o los infiernos que les aquejan.

Estoy convencido, pero es una apreciación general, que el calentamiento global o que la situación sociopolítica del Congo les tiene ocupados pero que la realidad es que tienen miedo al frío, a que la calefacción no funcione o que al llegar a casa su pareja les diga,  con cara de haber perdido la final de la copa de europa en el último minuto, que ya no les quiere.

Y eso es el problema real aunque no se habla de ello con un vino en la mano. Quizá porque hemos aprendido a esconder lo que nos da miedo. Los fantasmas se quedan en ese armario que nunca nos atrevemos a ordenar.

Y mientras vamos leyendo la prensa, preocupándonos por quien  sale de titular el domingo, haciendo trabajos que en muchos casos no dejaran un poso de mejoría en el mundo, saltando por los taburetes de los bares o planificando viajes en los que no veremos el camino sino solamente el destino, mientras criticamos sin creatividad o repetimos argumentos de otros, lo nuestro va cogiendo polvo.

Porque la gran enfermedad que tenemos todos es el miedo a mirar dentro.
Y a aceptar que algunos de los problemas que realmente nos asustan no tienen solución.

Si no vuelve, si no hago ese gran libro, si sigo sintiendo el desamparo de no tener refugio, si no llego el primero en la carrera al sprint  o si el agua de la ducha sale fria no pasa nada. Pero es mucho más importante que lo que pone en los periódicos porque es la vida que me toca vivir.

De eso hablo en los bares pero no me escucha nadie porque el último penalty en el enésimo partido del siglo, dicen que fue injusto.

Y pasa el tiempo.
Llevo tres  años limpiando el armario y siguen saliendo cosas.

Dice la canción: "Revela tu fragilidad. Revela una señal real de vida. Va a ser así. Va a ser aquí. Va a ser ahora"

5 de enero de 2018

Regalos imposibles

Si tuviera que esperar regalos sería algo intangible.

No es que lo tenga todo pero es donde noto un espacio de vacío algo más intenso. Quiero el runrún dentro del estómago por la ilusión, por saber que será bueno pero no exactamente el qué. Poderme quejar por tener que hacer algo que parece que no quiero pero que en el fondo deseo. Seguir los mapas porque me quedé sin brújula hace tiempo. Dormir como si todo estuviera en orden o como si el calor fuera un lormetazepan gigantesco. Que los niveles de serotonina tuvieran el ciclo de la calma y de las emociones compartidas. Que el futuro fuera un espacio imposible al que llegar desnudo y sin vergüenza, dispuesto a permitir que suceda lo que suceda y aceptarlo sin esa tendencia a razonar las cien mil formas en que pudiera ser mejor.

Que me encuentre un ojeador al que obedecer siendo libre.
Que haya un premio por ser yo y sentir que mereció la pena soportar los temporales.
Que vuelva todo lo que perdí o que aprenda a no echarlo de menos todas las veces.

Quiero no tener miedo a sacar lo que voy acumulando dentro y, si es posible, una especie de guía. Los fuegos artificiales explotan sin control y por eso se ponen en un conducto que los eleva al cielo.

Allí. E incluso en el fin del mundo.
La única mochila que me queda es la que hagamos.

Los día de reyes son días raros. No creer en la magia no implica buscar, como un tonto y al llegar al salón, si hay algo esperando. Perenne, irracional, intangible.

Queridos reyes: don´t leave me high, don´t leave me dry.

31 de diciembre de 2017

2017 review

Y, mirando atrás como quien  recuerda esa mañana lejana en la que al abrir los ojos una mujer hacía gimnasia junto a la cama, recopilo algunos links más o menos literarios de los últimos 365 días.

10/1: Capas
16/1: Buenos muy buenos, malos muy malos
18/1. Retrohumanización

14/2. El amor y las telenovelas
27/2: La historia de mi único disfraz

29/3: Miedo a las pequeñas cosas

11/5: Bruja, burbuja y brújula
18/5: Paz, amor, mentira, confrontación y verdad

9/6: Teóricos de mierda
23/6: Teorías y casas

4/8: El curriculum de los fracasos
16/8: La impaciencia hiperbólica

3/9: El efecto inverso de los titulares dramáticos
30/9: El hombre oximorón

6/12: Escapar de los refugios

El 2017 es ha sido un año  para coger impulso. No sé hacia donde.

Y descubrí, de forma sorprendente, que no soy tan invisible como un superhéroe detrás de su identidad secreta.


28 de diciembre de 2017

Los 80:la dictadura cultural que llega a mañana.

Los que tuvimos la suerte de ser parte del boom de los 70,  que es una época en la que nuestros padres se encontraron con la crisis del petróleo y casi vieron lo que nuestros abuelos les contaban de la posguerra, hemos vivido una infancia emocionante.

Hemos vivido el nacimiento del punk, el pop y hasta teníamos programas de música en televisión que no se basaba en mamarrachos de 20 años que hacen gorgoritos. Hemos descubierto a Jimmy Hendrix con los vinilos de nuestros hermanos mayores y hemos grabado en cintas de cassette dando a la pausa para que no saliera la voz del locutor entre canción y canción. Hemos asistido, atónitos, al estreno mundial del video de Thriller y a la maravillosa explisión del grunge, de radiohead e incluso del tecno del bueno, casi con Depeche. Tuvimos el London Callin´en nuestra estantería y nos quedamos de piedra con  los dos primeros discos de Los Deltonos, que eran  de la heroíca Torrelavega. Vimos en Plastic a Extremoduro. Mi vecino me pasó el primer disco de La Orquesta Mondragón y casi era  obsceno ese "...como eeees... como eeeess, es eNORME" con el que empezaba. Tuvimos a los Madness y a Los Toreros Muertos, que eran los mismo españoles.

Vimos mil veces Verano Azul, Alf, El Coche Fantástico  e incluso Falcon Crest con nuestras madres en ese periodo que había entre la comida y la merienda. Nos diferenciábamos entre los del Cola Cao y los del Nesquik,  aunque yo tenga un bote preparado en la despensa por si acaso desde hace tiempo. Jugamos al inque y elegíamos al último en el recreo para hacer equipos. Nos gustaba la chica del anuncio de Coca Cola y el más torpe, que normalmente era yo, se encargaba de poner los discos en los guateques que hacíamos para parecer mayores. Y fumábamos a escondidas teniendo miedo de las represalias de nuestros padres. Tuvimos bicicletas con asiento de moto. Las máquinas más electrónicas, Game&Watch, eran el sucedáneo para no gastarlo todo en el PacMan, el Tetris o el Ave Fénix.

Pero hemos creído que como aquello nos hizo felices debemos imponerlo a las generaciones siguientes.

De todo, absolutamente de todo (Menos de Comando G), hay una secuela, una nueva versión, una reposición. Los escenarios se llenan con Depeche, U2, Pearl Jam. Despreciamos (aunque hay mucha razón de baja calidad en ello) a todo ese fenómeno reggetonero, a los que usan el autotune, a las series llenas de anuncios y a los youtubers por miserables, zafios y carentes de contenido minimamente inteligente.

Los que hacen negocio con el ocio  saben que los padres arrastrarán a sus hijos cien millones de veces. Que el dinero no está en los que tienen veinte porque no han aprendido lo maravilloso que es el directo y creen que el sexo online es sexo cuando en realidad es pornografía. Alguno de mis amigos más jóvenes se asustan cuando algo de mp3 lo pongo en cd  sobre un equipo de música de verdad. Alguno se rinde si el vídeo dura más de cinco minutos o no tiene efectos especiales.

Sin embargo Star Wars es la película más vista.

No se si es porque los padres pagan la entrada, porque no hay otra opción,  porque la cultura se puso en pausa allá por 1995 o porque hemos aceptado imponer nuestra infancia a todas las que vengan por detrás, como si fuéramos unos dictadores de lo que debe ser, en vez de cualquier otra cosa.

A mi madre le gustan los boleros  pero no me obliga a bailarlos.
Le puse Rage Against de Machine a mi sobrina en el último viaje. Y a los Clash.
Me pareció bastante mediocre el único tema de hip hop pueril que quiso enseñarme.

Soy un nazi,lo sé. Por lo menos lo admito.

Pero, joder, ¿hay algo mejor que El Jovencito Frankenstein, Amanece que no es Poco, Top Secret, Airbag, Mazinger Z o las tres primeras de la guerra de las galaxias?. ¿Pepa Pig?. ¿Chicho Terremoto?.  No hay comparación. Es como poner frente a frente el Despacito y cualquier corte del Back in Black. Y eso que Bon Scott murió muy joven.

23 de diciembre de 2017

Fotogramas navideños.

El cine es una sucesión de fotogramas estáticos que, puestos uno detrás de otro y con minúsculas diferencias, dan la sensación de movimiento.

Algunos tenemos  memoria fotográfica y según va pasando el tiempo, si lo ponemos consecutivos, parece que algo se mueve. Lo curioso es que resulta difícil adivinar, en cada una de las instantáneas, cual es el elemento que ha cambiado. 

Es fácil si ponemos dos imágenes lejanas. El día que nos conocimos de verdad y el que nos despedazamos por saber que había un punto final que ya estaba sobrepasado. La certeza de saber que un futuro acogedor estaba puesto delante de mis capacidades y ese otro momento en el que, llorando en la ducha sin poder descubrir los golpes sobre la piel que habían dado los años, me puse en posición fetal debajo del agua caliente sin miedo a ahogarme. La estación de partida y la de llegada son lugares lejanos y el ser humano ha luchado contra la naturaleza por reducir el tiempo del camino. Quizá no por una cuestión práctica sino por perder la capacidad de volver atrás aunque fuera un destino incorrecto  o, lo que es más grave, para no enfrentarse al paso de la lluvia a la sequía, de tenerlo todo a perderlo, volver a recuperarse, caer, levantar, equivocarse todas las veces. Miramos el reloj más que al paisaje.

Un día, después de la tercera botella, nos pusimos a fantasear sobre el último pensamiento que llega antes de la muerte.  Estábamos alrededor de una mesa redonda y la conversación llegaba hasta las copas del sofá mientras los platos aún guardaban los restos de la cena. Dos parejas y un par de amigos. Ellas tenían,  por una parte, el pelo corto y suelto y por otra  una de esas coletas que salen hacia arriba y se dejan llevar por la gravedad hasta el cuello. Nosotros vivíamos en la estética impuesta de la casualidad, que es un uniforme de vaqueros, camiseta y sin afeitar. Recuerdo que lo que yo dije es que me gustaría que fuera un "ah, era por esto", y luego morirme. En realidad siempre he estado convencido de mi muerte temprana porque es una manera de llamar la atención. Los ancianos no suelen tener funerales abarrotados y dramáticos sino que son obviedades determinadas por el tiempo. Un fundido a negro que son acumulaciones estáticas de grises,  uno encima de otro, hasta nublar del todo la visión.

La cena de navidad se hacía en la mesa de casa de mi tía. Mi madre y ella se encerraban en la cocina, a veces con mi otra tía. Nunca sabré exactamente a qué porque en un alarde solía aparecer por la puerta un tipo con uniforme de camarero, pajarita y modales exquisitos (hoy en día sería un repartidor con esas cazadoras cubiertas publicidad con salarios ínfimos de falsos autónomos colaborativos) con un cochinillo que depositaba en la mesa que habíamos puesto a medias mi hermana yo. Supongo que hacían todos los canapés. Mi padre acompañaba a mi abuela en el lado contrario a la puerta de la cocina con una buena visión  del único canal de la televisión. Los regalos eran en reyes y después de cenar aparecían primos de los que nunca fui capaz de adivinar el nombre.

Después mi abuela no estaba y la casa era otra. El ceremonial, parecido. Mi padre presidiendo y controlando los tiempos de cena e incluso de recogida de la mesa para llegar al descubrimiento de las cajas envueltas y perfectamente identificadas con el nombre del receptor. Nuestro Papá Noel, étnico como un Olentzero, era un tipo muy organizado. Los regalos siempre estaban escondidos detrás del sofá para salvaguardar las mentiras que hacíamos creer a mi sobrina y el discurso del rey era el pistoletazo de salida para la pitanza. Sin camareros  pero con pularda. Sin primos después y con un cigarrillo a escondidas en la terraza, que era el momento en el que mi hermana y yo empezamos a aproximarnos al reconocernos como personas.

Últimamente preside mi hermana, que para eso es la mayor. Yo me siento junto a mi sobrina y su teléfono. Mi madre y mi tía se sirven vino para mojar algún polvorón después. Seguimos etiquetando los regalos, que ya están a la vista. Hay una luz de ilusión cada vez que madre llega al salón, nos encuentra y todos los años ella, despistada, me llama por el nombre de mi padre. Hacemos como que no ha pasado nada calmando el escalofrío que sale a la vez de los párpados y el estómago para encontrarse en la garganta. Yo respondo y, más tarde en la terraza, dejamos que el silencio nos una un poco más a esos hermanos que tienen la obligación y la certeza de que todas las imágenes fijas nos han llevado al lugar que el tiempo ha marcado con los años. Después no sé nunca si tirar el cigarro desde el segundo o apagarlo con el agua de la fregadera, que es lo que hago, para tirar la colilla a la basura.

Queramos o no la cena de navidad es una imagen fija que puesta, una detrás de otra, da la sensación  de movimiento. Supongo que será por esto. A veces las tradiciones son enseñanzas de las que no nos damos cuenta.

21 de diciembre de 2017

Propósitos no cumplidos (forofismo radical en la cena de navidad).

El año pasado me preguntaban, a mono de ceremonial, qué es lo que esperaba del 2017. Puse cara de intelectual seis décimas de segundo. "Espero- dije- que aprendamos que el que no piensa como nosotros es una persona y no un adversario". Me equivoqué.

Ahora, en pleno proceso electoral catalán (que es uno de los ejemplos de la sinrazón más absoluta en la que estupidez propia termina dañando a uno mismo y a su entorno), he llegado a la conclusión que el problema  es mucho más profundo.

Lo es porque ahora, a finales del año, no es que hayamos hecho el esfuerzo de ver a quien no piensa como nosotros como otra persona o incluso el enemigo, si es que seguimos siendo el mismo gilipollas del año pasado. Lo es porque hemos logrado algo tan espectacular como llegar a la conclusión de que si la otra persona es del PP, de CiU, Podemos, ERC, PNV, negro, moro, de  windows,  mujer, hombre, alto, blanco, PSOE, C´s o del Madrid... entonces ya da lo mismo lo que diga porque está vetado a priori.

Y lo curioso,lo más grave, es que si  uno de los que consideramos de los nuestros repite que la tierra es plana, pues nos lo creemos y lo defendemos hasta subidos en la estación espacial internacional o a lomos de la estrella de la muerte.

Que el forofismo futbolero o el marketing más falso haya llegado a nuestros bares y a las cenas de navidad sólo certifica que hemos ido a peor y que, por supuesto, los propósitos  no se cumplieron.


20 de diciembre de 2017

Vacíos infinitos.

Hay vacíos infinitos.

Hay faros que van guiando caminos y que no se les da importancia porque siempre estuvieron iluminando, sin dejar de hacerlo ni una sola noche. Milagros, como eso de dar a un interruptor y que se haga la luz, que no aparecen en las listas de los grandes hitos del siglo.

Y luego, normalmente detrás de un gran cataclismo de esos que son de verdad y no los dramas cotidianos sin importancia, resulta que ese faro o ese fluído eléctrico no está. Pero no pasa nada porque somos grandes y fuertes, somos intensos y capaces. Llegaremos a la costa sin ayuda. Seremos capaces de mantener el calor, subir más alto o sobrepasar los récords de los atletas anteriores. Somos la generación que rompe las estadísticas y además, dentro de ese mundo contemporáneo, nos creemos un poco por encima de la media.

Así que la primera vez que creemos haberlo conseguido solos descubrimos que no fue y lo que hacemos es culpar al temporal. La segunda, al mal funcionamiento del timón. La tercera incluso llegamos a afirmar que el canto incontrolable de un grupo de sirenas nos hizo equivocarnos. Pero cuando no llegamos una cuarta o quinta vez, entonces, hay algo que nos hace pensar en cuál es el elemento que ya no está, qué es lo que antes hacía que todo pareciera tan sencillo y ahora ha desaparecido. Y es el faro.

Algo que parecía tonto e incluso innecesario como un punto de luz fijo y firme. Algo que parecía eterno pero que no lo era.

Y sin ello todo es mucho más dificil porque parece que no hay una dirección.

Porque se nota un vacío infinito.

Todos los 20 de diciembre

18 de diciembre de 2017

Desprecio por las cosas sencillas.


Tenemos un gran desprecio por las cosas que creemos sencillas y profesamos una admiración escandalosa por todo aquello que nos resulta lejano. Pagamos cientos de euros por un plato de comida servida con estrella michelin y nos parece que hasta un  mono es capaz de tener preparada una tortilla de patata caliente, a ser posible sin cebolla, para cuando bajamos por un  café a media mañana. Nos parece caro dos euros veinte por café, pincho y sonrisa del camarero pero no nos importan  12 por un gintonic con una rodaja de pepino.

Nos sentamos como filósofos hablando de la organización geopolítica de oriente pero nos la trae al pairo, textualmente, aparcar ocupando dos plazas. Admiramos al nuevo deportista de élite pero no somos capaces de poner en la estima adecuada al que llegó el último en el maratón.

Un grupo de jóvenes se sentaron a la puerta de la universidad con sus títulos en la mano. Uno habló de montar una empresa de virtualización de servicios, otro comentó que habría que hacer un sistema de almacenamiento de energía eléctrica para poner pilas en los garajes y adelantarse a la irrupción  de los coches eléctricos de manera global en las casas. Hubo quien planificó de viva voz la manera en la que las carreteras pudieran convertirse en cargadores infinitos. Todos tenían el logo de la empresa pensado, la campaña de publicidad, el momento en el que vender a un gran inversor sus productos mágicos. Entre ellos, casi de forma tímida, se oyó una voz que hablaba de trabajar en la empresa familiar. Comprar barras de acero en bruto, cortarlas  y hacer miles de tornillos pequeños. Algo que se puede tocar con las manos y que se vende al peso. Algo que ensucia, que carece de glamour y que parece hasta menos importante si es que se hace con  las manos.

Ensalzamos al modisto y despreciamos coser hasta el punto que se lo damos a los niños de Asia como si fuera menos importante. El ingeniero no es más persona que el operario porque el último es el que se sube al tejado para poner las planchas de titanio. Hay más ingenieros que melones, sobre todo en esta sociedad sobretitulada en la que una mierda de curso de coach te da un título en ingeniero de la personalidad. Nadie quiere ser operario y resulta que cuando hay que coger un destornillador más de uno lo coge por la punta.

Debería de ser obligatorio trabajar cara al público, hacerse daño en las manos, correr hasta que el corazón obliga a detenerse, fracasar unas cuantas veces, ser estafado, engañado y robado. El motivo es obligar a aprender a valorar la dificultad de las cosas que creemos sencillas.

Aunque la vida valora y premia de formas muy injustas, la enseñanza resulta sorprendente. Ser sabio nunca fue rentable.

Todavía veo a teóricos de la verdura que se ponen muy serios en el lineal del supermercado considerando la forma de reconocer un buen o un mal tomate y los muy hijos de puta no saben diferenciar ortigas cuando les sueltas en el campo. Desprecian al agricultor.  Pagan 100€ por ir a ver a Beyoncé. Billones y billones de veces.

Al final no hay tanta diferencia con los espantapájaros que despreciamos. Esos que mandan sin haber hecho nada de verdad, jamás.

12 de diciembre de 2017

Diciembre. La imposición.

Diciembre llega después del puente. De golpe, con un tumulto de frío y el frío golpeando en las persianas cerradas hasta el punto de quitar el sondo del último documental para oir como se agitan, casi como peleles a la deriva de una fuerza mayor, ocultando películas de terror tras sus pequeños agujeros.

En un pasillo del supermercado toda una familia contabiliza el número de raciones necesarias para dentro de unos días. En otro toda la comida de la semana entra en las manos de un tipo mal afeitado con un tres cuartos oscuro. Es un mes de contrastes en el que cada uno se refugia de la mejor manera que puede pero eso si, en su rincón.


Diciembre es largo (A long December and there's reason to believe  Maybe this year will be better than the last)  Tan largo como un partido de baloncesto con demasiados tiempos muertos. Tan largo como un nuevo episodio de una serie donde siempre, por muy dificil que parezca que se ponen las cosas, ganan los protagonistas y siempre acaba en una situación conocida de moralina y final feliz impuesto, a la espera del próximo capítulo igual que el anterior donde pasará lo mismo y lo volveremos a ver creyendo que, quizá, suceda algo mejor. Sólo los locos quieren que el coyote destroce por fin al correcaminos

Diciembre es la obligación de leer un libro de frases motivadoras como los deberes tras haber suspendido el año. Un susurro de traición, a veces. Un dejavú obligatorio del que es imposible escapar porque se cuela por las rendijas de las persianas. Aparece de forma infame. Son los mensajes que no eran para tí pero fuiste elegido en el envío genérico de turno por un gilipollas. Le importas menos que el ego que alimenta con los polvorones en forma de calmante de sus maldades a base de escritos con buenos deseos de mentira. Amor más falso que el de una telenovela venezolana. Hay quien, como Rudolf, sólo aparece para dar por saco en Navidad. Yo no le obligo a estar triste. Por favor, no me obliguen a estar feliz.

Cada vez que me dicen "alégrate, que es Navidad" me pongo de más mala hostia. No es innato, es un reflejo.

Llevo muy mal las imposiciones.
Podría ser feliz si nadie me obliga.
En Diciembre, por razones obvias, es un poco más complicado.

6 de diciembre de 2017

Escapar de los refugios

Una vez desperté y me quedé quieto mirando fijamente para ver desperezar los músculos de su cara y que me viera como el principio, de borroso a nítido, en la toma de la película que empezaba ese día. La sonrisa fue, y fue de esas amplias y sinceras. Las mismas con las que acaba una película feliz. 

Otra vez me desperté sin prisa. Una sola sábana tapaba su culo y dejaba la espalda al aire. Me puse en pie, con una pierna a cada lado para enfocarla desde arriba y se hizo la dormida mientras yo miraba de esas formas en las que más que mirar, se memoriza. Puedo dibujar cada uno de sus músculos y hasta los pliegues sabiendo que la cara se vuelve a la izquierda y que toda la imagen tiene el tono cobrizo de los amaneceres de agosto.

También me sé de memoria esos momentos en los que, sabiendo que estaba despierta, me levantaba haciendo un ruido mínimo y buscaba en los ordenados huecos de su cocina la forma de hacer un desayuno al que llegara, justo cuando terminase de poner la última servilleta a juego, con un pantaloncito de tela corto, una camiseta que estaba de moda hace unos años y la punta de los pies con las uñas azules en el travesaño de madera de la banqueta que era el punto de vista hacia el que apuntaba la tostada y el café.

Y esa manera de moverse al salir desde la cama al pasillo, como un balanceo que la Venus de Botticelli y yo vigilábamos en un guiño para quedarnos un poco entre el calor y los ruidos de las vigas de madera. Para oír a lo lejos la radio, perdida entre las noticias, y ser el invitado del desayuno en una cocina donde los zapatos residían bajo la ventana que daba a un patio interior que, mirándolo sin gps, parecía de un pueblo perdido en medio de una poderosa cuidad cubierta de escaleras.

Todas las veces fui incapaz de verbalizar la paz que estaba sintiendo.

Eso no quita que hace miles de años se quedara dormida en el sofá grande y yo, desde el pequeño, me paralizara sabiendo que esa era la última vez en la que la iba a ver caer, refugiada como un niño en brazos de sus padres al volver a casa, cerca de mi respiración.

Aquel concierto en el que, al girar a mi derecha, una lágrima cayera brillando sobre la piel clara y, al descubrirme, me diera un beso en forma de gracias, fin de año, de ciclo y de complicidad innata. Un lugar en el que mentirse como si fuéramos a engañarnos: dime mi cielo que esto va a durar siempre.

Llegar a la playa o a un castillo en moto, sintiendo sus piernas a mis costados. Quedarme con la cabeza en su regazo descubriendo que también lo puede llenar todo sin decir nada o esperando en la cama una mandarina recién pelada. Buscar una mirada entre la gente de un aeropuerto. Esperar a que entre al portal. Llevarnos el vino, de noche, a la playa. Perdernos en Castilla, en el sur de Francia o a diez minutos de casa con la siguiente copa. Volver del baño y verla levitar buceando en los 80 y en un beso que soñe que tuviera carmín pero no pude acumular el suficiente tiempo para saberlo. Esperar con una toalla, de noche, a que saliera de bañarse desnuda del cantábrico. Sentir los besos en la puerta de salida de su apartamento lleno de discos sin abrir. Montar una cómoda como si fuera un espacio común que nunca tuvo mi ropa. Sorprender, como un niño, con alguno de mis desamparados lugares favoritos. Llegar con cara de niño abandonado hasta su puerta. Mandar un mensaje pidiendo asilo con alguna frase poco coherente. Poner música como una manera de mostrarme en las palabras de otros. Esperar ser más poderoso con el abrigo de su aura enormemente infinita. Tener celos de ser insignificante.

Todas veces que me quedé quieto burbujeaba como si no me creyera capaz de mantener la cueva a salvo de los ladrones o de mi mismo como el peor de los fantasmas.

Los tuve todos y escapé, siempre, de los refugios. Quizá me hubieran echado después pero, por si acaso, ya me había ido antes.

No llevo bien las derrotas y por eso me rindo demasiado pronto.